Todo lo que es bueno, se acaba. Como las vacaciones. Y las de los políticos también. La clase dirigente ya ha vuelto a sus escaños, despachos o púlpitos. Pero han vuelto con bofetadas encadenadas en las redes sociales por haber hecho vacaciones en momentos que parte de la opinión pública considera delicados. Han criticado las vacaciones de Pedro Sánchez para marcharse sin gobierno. Han condenado que los independentistas viajen cuando sus compañeros presos no pueden.

Han cargado contra el descanso de Ada Colau y que vaya a las fiestas del bario de Gràcia cuando se supone que Barcelona está peor que las fabelas de Río. Han censurado que Albert Rivera y Pablo Iglesias hayan estado desaparecidos durante agosto. Un ataque de demagogia que no tiene en cuenta la importancia, según todos los expertos, de desconectar para una persona que tiene que tomar decisiones de peso.