Hace unos días, Quim Torra, en la Universidad Catalana de Verano en Prada, llamaba al independentismo a abandonar la estrategia defensiva, salir al ataque, hacia la "confrontación" y la "ruptura" con el Estado para avanzar hacia la República. Añadió que se tenía que hacer pacíficamente y sin diálogo: "Sólo nos queda la confrontación democrática y pacífica por los derechos y la libertad y por la autodeterminación", nos decía.

Acostumbrados como nos tienen los líderes independentistas a jugar con el lenguaje, a amenazarnos, a decir una cosa y exactamente la contraria en la misma frase, ya nos han avisado de que provocarán un "tsunami democrático", en cuanto al juicio de los políticos del proceso. Torra lo justifica diciendo que la sentencia del Supremo puede "agravar todavía más" la "desorientación y frustración" acumuladas por la "represión" del Estado. Es decir, reconocen que están desorientados y animan a destrozar indiscriminadamente todo el que encuentren a su paso, porque les sale democráticamente de la entrepierna. Animan a anticiparse a la sentencia con la no violencia y la desobediencia civil. Es decir, sea cual sea la sentencia, esta siempre será injusta.

Uno de los lemas de la campaña es: "Empieza la nueva oleada y eres protagonista de ella. Cambiemos el estado de las cosas. ¡Tú eres el tsunami!". Cómo cuando el 1-O de 2017 animaron a la gente a enfrentarse con la guardia civil en un referéndum declarado ilegal. ¡Venga! Embarquémonos e id, como el capitán Araña.

El 11-S tenía que ser el inicio de una gran respuesta del independentismo y la preparación de un otoño caliente. Según decía la presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, antes de la Diada, el independentismo pasa por una situación complicada y los independentistas saben que hace falta que en la Diada haya una movilización masiva.

Masiva lo ha sido. Pero teniendo en cuenta que la sentencia es lo único que tiene el independentismo para movilizar a su gente, no parece que este sea un factor que haga mantener el clímax conseguido en otros momentos. En la manifestación de la Diada hemos visto una gran multitud sin dirigentes, como parodia de la realidad. La multitud, como siempre, muy organizada y uniformada, reunida en la plaza de España y preparada para no se sabe qué.

Han vivido durante años, intentando convencernos de que nada los podría parar, que saltarse la ley no tenía consecuencias, manipulando el lenguaje y mintiendo descaradamente, sin oposición crítica. Ahora piden la absolución.

Decían que había prisa, rehacían hojas de ruta continuadamente y afirmaban que la independencia estaba al alcance de la mano, porque sabían que con mentiras e imaginarios de futuro no se puede mantener mucho tiempo a las multitudes movilizadas.

Todavía recuerdo cuando, en mayo del2017, en una conferencia en Madrid para explicar el proceso, Carles Puigdemont dijo: «El Estado español no tiene tanto poder como para parar tanta democracia». En un ejercicio para generar desorientación, querían que nos creyéramos que saltarse la ley e ignorar al Parlament y a más de la mitad de la sociedad catalana era democrático. También querían hacernos creer que si no te alineabas con el independentismo, además de unionista o constitucionalista eras fascista y traidor a la patria.

Quieren hacernos creer que estamos en una sociedad dividida entre el independentismo y el unionismo, entre demócratas y fascistas, entre colonizados y colonizadores y no han dudado en decir que si no nos gusta ya podemos marchar. Para conseguir sus fines no han dudado en organizar comandos violentos que amenazan a quienes públicamente se declaran críticos con el independentismo. Todavía recuerdo que decían, cuando llegaron al máximo de seguidores que nunca ha tenido el independentismo, que tenían que ensanchar la base del independentismo. ¡Bonita manera de conseguirlo!.

La imagen que dejó la manifestación fue de desorientación y desaliento: asistencia por sentido del deber hacia la gran causa. Unos cuántos se manifestaban agresivamente y al margen de la gran manifestación, a la entrada del Parlament.

Ha llegado la decepción de unos líderes que no han sido capaces de reconocer que los Reyes Magos son los padres y que los sueños no se pueden transformar en esperanza sin tener en cuenta la realidad.

No serán capaces de recoger del suelo los vidrios que han roto. Así que los que no nos hemos dejado arrastrar por los cantos de sirena, tendremos que empezar a recogerlos. Tenemos dos soluciones: poner pegamento entre los pedazos que han quedado o diseñar un nuevo vaso del que podamos beber todos. Alguien ya dijo que cuando tienes una gran piedra en medio del camino que no puedes apartar, lo mejor es pasar por el lado.