No hay que ser muy perspicaz para saber que la fuerte personalidad y carisma de Jordi Pujol han sido claves para que el espacio convergente que él compactó -aproximadamente, un millón de votantes- haya pasado, desde el año 2012, del catalanismo al independentismo. Por activa -con la boca pequeña- y por pasiva -dando su consentimiento implícito-, el ex presidente de la Generalitat ha impulsado el crecimiento de la burbuja procesista que ha monopolizado y ha secuestrado, hasta límites dramáticos, el debate político en Cataluña.

Todo el mundo es muy libre de tomar sus decisiones, solo faltaría. Ya somos mayores y debemos ser conscientes de las consecuencias que puedan tener nuestros actos.

Es oportuno recordar, ahora y aquí, que la aureola patriótica de Pujol se forjó a raíz de los hechos del Palau de la Música (1960), que le comportaron una pena efectiva de dos años y medio de prisión, de los siete a los cuales fue condenado, puesto que el dictador Francisco Franco lo indultó. El “martirologio” de este chico de buena familia de Barcelona es el inicio de su posterior carrera política triunfante, que lo llevó a ocupar la presidencia de la Generalitat durante 23 años (1980-2003).

Los nueve presos independentistas del 1-O pronto hará dos años que están en la cárcel. Y nada hace pensar que la próxima sentencia del Tribunal Supremo suponga su inmediata liberación. Esto quiere decir que superarán con creces el tiempo que pasó privado de libertad el gran inductor intelectual y político del proceso independentista.

Cruel paradoja. Oriol Junqueras y Carles Puigdemont -lo han explicado ellos mismos- empezaron de jóvenes su activismo nacionalista deslumbrados por el potente liderazgo que transmitía el ex presidente de la Generalitat. Son, en este sentido, tributarios políticos del pujolismo. Pero Jordi Pujol es un hombre que tiene mil caras y que nunca ha dudado, si lo consideraba necesario, pactar con el mismo diablo para saciar su obsesión por el poder.

Él pidió y obtuvo el indulto del general Francisco Franco para salir de la prisión. En cambio, quienes pagan y pagarán cara su exposición a culminar los designios finales de Jordi Pujol son quienes le creyeron y protagonizaron la fallida proclamación de la república independiente de Cataluña, durante el traumático otoño del 2017.

Mientras todo el mundo espera con expectación el veredicto del Tribunal Supremo, el ex presidente de la Generalitat aceptó la semana pasada la invitación a participar en un almuerzo en el Círculo Ecuestre -la quintaesencia del españolismo elitista de Barcelona-, organizado por la tertulia Las Alforjas, que preside el doctor Ramón Soriano y en la cual participa, entre otros, el pintoresco padre Apel·les. Según ha transcendido, Jordi Pujol expresó ante los comensales su “admiración por España” y no tuvo manías a la hora de vitorear, al final del almuerzo, al rey y a la Constitución.

Hay que entenderlo. Jordi Pujol y su familia deben afrontar, en los próximos meses, un complicado juicio en el cual tendrán que aclarar el origen de la fabulosa fortuna que han acumulado en las últimas décadas, que la UDEF cuantifica, en su último informe, en 290 millones de euros. El ex presidente de la Generalitat intenta apaciguar, a marchas forzadas, la crispación política que hay en Cataluña y que puede perjudicar sus intereses familiares cuando se sienten en el banquillo de los acusados de la Audiencia Nacional. De aquí su vergonzosa sumisión al rey y a la Constitución, que son los enemigos declarados del proceso soberanista que pusieron en marcha su “encargado”, Artur Mas, y su hijo Oriol Pujol.

En la dura soledad de las celdas donde están encerrados desde hace casi dos años, los presos independentistas -especialmente Jordi Turull, Quim Forn i Josep Rull- deben de alucinar con esta insólita maniobra de su idolatrado gurú. Ellos, convergentes acérrimos, están donde están por haber seguido ciegamente el camino marcado por Jordi Pujol... que ahora los deja en la estacada para intentar salvarse. ¡Cuánta pena!