Sin haber digerido todavía los resultados del 28-A, este viernes empezamos una nueva y trepidante campaña electoral para la renovación de los ayuntamientos y del Parlamento europeo. La principal incógnita de estos comicios será saber si se mantendrán las grandes tendencias de fondo que han marcado las pasadas elecciones generales. Es decir, una victoria neta y clara de las formaciones progresistas en España y Cataluña y el descalabro del tridente neoaznarista y del neopujolismo.

Una de las consecuencias más remarcables del terremoto del 28-A ha sido la proclamación de Esquerra Republicana (ERC) como el nuevo partido hegemónico en el interior de Cataluña, en sustitución de la antigua Convergència. El mapa de se ha teñido del amarillo del old party y los tradicionales feudos pujolistas han pasado en manos de los herederos de Francesc Macià i Lluís Companys.

Para entender el alcance de esta mutación histórica: en la ciudad de Vic, sancta sanctorum del nacionalismo conservador y depositaria de las esencias patrias, ERC (33,5%) se ha impuesto a Junts per Catalunya (27,7%), rompiendo un ciclo de 40 años de victorias electorales ininterrumpidas del partido fundado por Jordi Pujol. Hace solo un año y medio, en las elecciones del 21-D del 2017 al Parlamento de Cataluña, Junts per Catalunya (44,4%) destrozó a ERC (23,8%).

Que un partido con raíces masónicas y radicalmente laico triunfe en la ciudad de los santos es un cambio de paradigma colosal. Esto es una profanación de las tumbas de los obispos Josep Morgades y Josep Torras y Bages, los fundadores del nacionalcatolicismo de derechas -profundamente clasista y represor- que ha marcado, durante más de un siglo, la idiosincrasia de las comarcas de la Cataluña interior.

Algo pareciendo al fenómeno de Vic ha pasado en multitud de pueblos y ciudades donde el pujolismo, hasta el pasado 28-A, disfrutaba de una sólida implantación electoral. Que ERC haya ganado en todas las capitales de comarca donde gobierna Convergència (Girona, Figueres, Igualada, Manresa, Valls, Tortosa, Olot, Ripoll, Reus, Mollerussa, Puigcerdà, la Seu d'Urgell...) es la plasmación de este giro copernicano en la política catalana que ahora habrá que ver si se confirma en las elecciones municipales del próximo día 26.

La proximidad ideológica, en la agenda social, de ERC con el PSC y los Comunes puede facilitar que en los consistorios catalanes que surjan de las urnas pueda haber, por todas partes, gobiernos municipales de mayoría progresista, tal como pasó en 1979. A los dirigentes de Esquerra les corresponderá decidir si, en este nuevo ciclo que empezamos, priorizan el eje de izquierdas o la apuesta independentista, propiciando alianzas “esteladas” con Junts per Catalunya.