Iñigo Urkullu, a quien algunos llaman el lehendakari perfecto, ha pedido perdón. Lo ha hecho por la corrupción ligada al PNV una hora después de que se conociera el fallo del 'caso De Miguel', en el que se han impuesto fuertes condenas de prisión a varios ex altos cargos de su partido: "La sentencia es suficiente para a pedir disculpas a la sociedad". No es la primera vez que lo hace. En 2015, en nombre de gobierno vasco, se disculpó ante las víctimas del terrorismo de ETA por no haber actuado "antes y mejor".

No es habitual que un político pida perdón. Es público el adagio según el cual que un perro muerda a un hombre no es noticia, sólo lo es si es el hombre quien muerde el perro. El ejemplo sería aplicable al caso que nos ocupa: que un político no pida perdón no es noticiable, lo es que lo haga, como ha hecho Urkullu.

Dos años después de dejar el cargo, el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero decía: "Fue un error claro resistirnos a utilizar la palabra crisis". Sin embargo, nunca explicitó el mea culpa. En el año 2014, haciendo autocrítica, lo resumía así: "La palabra perdón no está en el vocabulario de las responsabilidades políticas".

Como país latino, a España le cuesta mucho asumir el error y disculparse se. Los países anglosajones están más acostumbrados. La más célebre disculpa la pronunció Tony Blair, por la guerra de Irak, pero lo hizo 12 años después. También Barack Obama se disculpó, en este caso a Médicos sin Fronteras, por un ataque a un hospital afgano.

Sea como sea, la gente no es tonta y las disculpas deben ser sinceras, creíbles, y cuando tocan, no cuando el pecado ha prescrito. El lenguaje no verbal termina siendo el mejor detector de mentiras. El rey emérito Juan Carlos I no terminó de convencer a nadie cuando pronunció sus ya célebres disculpas después de la cacería de Botzuana: "Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a pasar", y continúa pasando.

Las disculpas rezagadas y obligadas por las circunstancias tampoco acaban de funcionar. Un buen ejemplo de esto sería el de Jordi Pujol. Empujado por los medios, reconoció que su familia poseía una fortuna en paraísos fiscales: "Expongo todo esto con mucho dolor por lo que significa para mi familia y para mí pero sobre todo por lo que puede significar para tanta gente de buena voluntad que puedan sentirse defraudados en su confianza, a la que pido perdón".

En referencia al arte de pedir perdón, decía un poeta italiano que "el hombre crece cuando se arrodilla". Un montón de estudios indican que las disculpas sinceras o que la población percibe como sinceras terminan siendo aceptadas y el confeso disculpado. Un buen ejemplo de ello lo protagonizó Bill Clinton en el caso Lewinsky. Después de pedir perdón, el expresidente estadounidense fue perdonado por su mujer y sus electores, incluso ganó popularidad entre la opinión pública americana en general.

El conflicto catalán viene cargado de mentiras o medias verdades. Sería bueno que, tarde o temprano, unos y otros, de un lado y del otro, pidieran perdón. Seguramente será esta la mejor manera de deshacer el nudo.