Son una legión los que proclaman que después de la pandemia entraremos en una nueva época; que el impacto será tan grande que nos tendremos que reinventar como individuos y como sociedad. Ante estas especulaciones conviene acudir como siempre a la luz de los sabios. Decía Séneca que "cada nuevo comienzo viene del final de alguno otro comienzo".

¿Qué nos hace creer que los efectos sociales y económicos de la crisis sanitaria comportarán necesariamente "el fin de otro inicio"? Es decir, el fin de las dolorosas desigualdades, de las desenfrenadas ansias de consumo, de la dilapidación de los recursos naturales, de la polución de los océanos que han imperado en las últimas décadas. ¿Seremos capaces de un replanteamiento a fondo de las pautas de comportamiento que nos han conducido hasta aquí? Si de verdad se quiere "un nuevo comienzo", habrá que emprender una auténtica revolución de las ideas y de las prioridades de la sociedad.

Bismarck afirmaba que "si tiene que haber una revolución, mejor que seamos nosotros los artífices antes que las víctimas". Una "revolución" haría indispensable un nuevo contrato social, los hitos del cual serían el avance decidido hacia una economía mucho más inclusiva, mucho más ecológica, mucho más digital y mucho más justa en la distribución territorial de la riqueza. Si la opción que adoptáramos fuera esta, el camino equivocado sería volver acríticamente a lo que hacíamos hasta  hace muy poco, volver a producir lo mismo que producíamos, a destruir lo que destruíamos, volver a nuestros hábitos sociales de inmediatamente antes de la crisis de la Covid-19 que tanto nos afecta. Volver al mismo turismo masivo (cantidad frente a calidad), los mismos abusos del comercio internacional, la misma erosión medioambiental, las mismas debilidades de las estructuras de gran incidencia social, como las educativas, las sanitarias, las residenciales dedicadas a la tercera edad, etc., que ahora se han destapado con tanta crudeza.

Admitiendo, claro está, que hay que hacer un enorme esfuerzo colectivo para recuperar lo antes posible la actividad económica y los puestos de trabajo perdidos durante los últimos meses, tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos o no estamos dispuestos a empezar la gran reflexión colectiva que nos tendría que llevar al cuestionamiento de la escalera de valores que ha causado el problema actual. Si no es ahora, en medio de la convulsión general, cuando todo s  tambalea, ¿cuando será?

Dice un proverbio chino que "cuando soplan vientos fuertes, algunas personas construyen muros y otras molinos". Ciertamente, luchar contra las inercias es siempre muy difícil, puesto que todo nos empuja a transitar por los caminos trillados. Pero los auténticos hombres de Estado, los personajes clarividentes son los que saben mirar lejos, los que no sucumben a la opinión pública del momento, los que ponen las bases del futuro a medio y a largo plazo. ¿Surgirán de entre nosotros aquellos que serán capaces de inducir y de comandar la sociedad hacia un "nuevo comienzo"?

Recordamos la potencia lírica de la frase final del grande Gatsby, la novela de Scott Fitzgerald: "Así seguimos adelante, barcas contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado".