Tal día ha hecho dos años de Quim Torra en la presidencia del Govern. El último de la fila presidencial accedía al poder, eso sí, de manera vicarial, sustituyendo su mentón Carles Puigdemont. Antes, lo habrían intentado sin éxito el mismo Puigdemont, Jordi Sánchez y Jordi Turull; una tripleta presidenciable que, por razones diversas y dispersas, fue abortada. Tampoco Torra fue la primera de las opciones sin mácula de Puigdemont, pero las otras declinaron la oferta. La presidencia se había convertido en la antesala de los juzgados. Torra no engañaba a nadie presentando su presidencia como un interregno, a la espera del retorno del mesías. El hombre ha puesto voluntad, pero las hipotecas pesan y los dos años se dan por perdidos. Dos más, y van... El encargo que Puigdemont le hizo, mantener vivo el fuego de la independencia, se ha ido apagando.

En circunstancias normales, hace tiempo que las circunstancias han dejado de ser normales, Torra se situaría ahora a medio mandato. Pero, la amenaza de inhabilitación del Tribunal Supremo pesa sobre él como una losa y el presidente preside en tiempo de descuento. Esto sin recordar la promesa que el mismo Torra hizo en su día: la de convocar elecciones después de que se aprobaran los presupuestos. Con los presupuestos aprobados, el presidente tira de manual y dice que "ahora no toca". El coronavirus le sirve de coartada para apurar el mandato, hasta que el Supremo quiera. Desde la prisión, el líder omnipresente de los republicanos, Oriol Junqueras, le recuerda que es mejor irse antes de que te echen.

Durante estos dos años, Torra ha gobernado entre poco y nada, más allá del ruido, claro. Pero ahora con la Covid-19 se ha reivindicado. Con la maldita pandemia, el presidente ha desatendido el ‘procés’ y ha comenzado a mandar. De acuerdo, con el viejo tic de culpar a Madrid de las diez pagas de Egipto, pero ha mandado por primera vez en dos años. Incluso ha conseguido enmendar la plana a su homólogo español, Pedro Sánchez, que en unos cuantos temas le ha acabado haciendo caso. Incluso Puigdemont, ha permanecido hasta ahora desaparecido. Inaudito.

Sea como quiera, Torra está amortizado y Cataluña clama elecciones. Él defiende que las elecciones no son compatibles con la pandemia y que debe centrar todos sus esfuerzos en salir del pozo. Mientras tanto, los presidentes del País Vasco y Galicia convocan elecciones. Junts per Catalunya defiende la tesis de cuando más tarde posible mejor; arañan de donde sea tiempo, soñando con el desgaste de los socios republicanos, embarrados hasta el cuello con la gestión de la Covid-19. Pero las encuestas, tercas, siguen vislumbrando un escenario republicano. Dicen, incluso, que Esquerra podrá elegir entre JxCat o unos nuevos socios de izquierdas. Pero, ya se sabe, las encuestas, encuestas son.