Qué cara de circunstancias que hacía la hAda Colau el sábado pasado, a pesar de que en tres semanas ha pasado de ser ex alcaldesa a repetir mandato. Más que una celebración parecía un funeral. Suerte del rebaño de burros rebuznando en la plaza Sant Jaume y sobre todo del ciudadano Valls, que ya vaticino que protagonizará más momentos estelares en esta legislatura infernal para rebajar un poco la tensión. Visto el festival a pie de calle, si tengo que escoger entre la cara de circunstancias de los comunes, el cabreo de los republicanos y la sonrisa llena de dientes afilados de Bomboni, me quedo con la pose de torero del ex primer ministro francés, que aprovechó su minuto de gloria para salir en todas las fotos, encararse con los manifestantes y desairar a Quim Torra.

Cuántos besos de Judas se repartieron en el pleno de investidura de la alcaldesa de Barcelona. En el Saló de Cent no cabía ni una aguja y el glamour goteaba por las paredes. Todo el mundo hablaba a gritos, se saludaba y hacía ver que no había visto las cámaras. Entre todo el enjambre de amigos, conocidos y familiares destaco la presencia de una exultante Núria Marín –que repite mandato en Hospitalet de Llobregat con mayoría absoluta- repartiendo abrazos a diestro y siniestro y haciendo ver que no ha había visto a Celestino Corbacho. También me fijé en la mosquita muerta Gala Pin, que lucía un peinado con las puntas desfiladas en azul. La ex regidora de Ciutat Vella y ahora nuevamente activista no hacía mala cara a pesar del sapo que se han tragado sus camaradas.

El exalcalde Xavier Trias fue uno de los más abrazados, supongo que en parte por la compasión que provocan los jubilados. He de decir que al margen de las diferencias ideológicas, que son muchas, le reconozco el mérito de haber continuado haciendo de regidor después de haber sido alcalde de Barcelona y estoy convencida que echaremos en falta su talante conciliador que contrarrestaba la mala uva que destilaba el resto de miembros de su equipo. Con su marcha se acaba una etapa en el consistorio barcelonés y empieza una nueva y, seguramente, peor si nos tomamos en serio la intervención llena de resentimiento del alcalde frustrado ERCnest Maragall.

Esta manía que tiene la familia procesista de ponerse a gritar en cualquier lugar y momento fue una constante durante toda la ceremonia de entronización, dentro y fuera del edificio, y llegó al paroxismo cuando apareció en la pantalla el preso político preso Joaquim Forn. Su presencia real también fue muy festejada dentro del consistorio, a pesar de que no tengo claro dónde acababa la alegría sincera y dónde comenzaba la mueca hipócrita. Parecía como si todo fuera muy normal, como si no hubiese pasado nada el 1-O, como si no se estuvieran juzgando hechos políticos como si fueran actos terroristas y como si al jefe del grupo municipal de los convergentes tuneados no le estuviera esperando un montón de policías para devolverlo cagando leches a la cárcel. El heredero de Trias aguantó estoicamente todas las carantoñas, comenzando por las de Elsa Artadi para hacerse perdonar los intentos de usurparle el trono.

Y en esto que llegó el momento de la verdad: la votación para escoger alcalde. Momentos de tensión, decían los periodistas cuando la realidad es que todo el pescado estaba ya vendido con un acuerdo con el PSC bendecido por el candidato del ibex35 que todavía no conocemos del todo, pero que sí sabemos que deja a Colau sin varita mágica. Me hizo gracia ver a Corbacho ejerciendo de maestro de ceremonias y que la primera en votar fuera Elisenda Alamany. Espero que lo hiciera por Maragall porque con los tránsfugas no se sabe nunca. La ex diputada se ha pasado toda la campaña riendo y el sábado continuaba haciéndolo como si la derrota republicana no fuera con ella. Esta chica me tendrá que explicar el secreto de su felicidad porque yo solo siento malas vibraciones.