Siempre me han fascinado los cursillos de preparación al matrimonio que la religión católica obliga a hacer a todos aquellos parroquianos que quieren casarse como dios manda y que, por suerte, cada día son menos (los datos oficiales los sitúan en un 20% pelado). Hubo un tiempo en que se me escapaba cómo un cura podía explicar a una pareja cómo tener sexo sin ponérsele tiesa, pero después de comprobar la cantidad de criaturas de padre desconocido que se parecían sospechosamente al joven párroco del pueblo de mi madre, entendí que somos un pueblo de pecadores y que no hay suficiente con rezar día y noche para salvar a España de los rojos que nos gobiernan para huir de las tentaciones de la carne.

Para evitar situaciones incómodas bajo la sotana, la cúpula eclesiástica se sacó de la chistera el cursillo prematrimonial a distancia: si querías hacer feliz a la suegra tenías que leerte un manual y responder a las preguntas del test antes de pasar por el altar. El cursillo, conocido como el método Ottawa, consta de 15 lecciones y un cuestionario de 20 preguntas por capítulo y, si no estoy equivocada, no se ha modernizado desde 1984. Por eso, en pleno siglo XXI se sigue adoctrinando al rebaño con contenidos que tendrían que estar prohibidos por machistas y misóginos. Para la Iglesia española, la mujer ha de dedicarse a la casa y a la familia, y si opta por trabajar fuera, lo ha de hacer sin dejar de lado sus obligaciones de esposa, madre y criada.

El tema de la sexualidad también es de juzgado de guardia. Las muestras de afecto se han de controlar para no caer en la tentación de la masturbación o en la desgracia de sufrir un orgasmo no deseado. Por lo que respecta al acto conyugal, es siempre lícito cuando se hace en estado de gracia divina y es necesario para dar cumplimiento a la finalidad del matrimonio (la procreación). También es aconsejable para superar distanciamientos y dificultades en la pareja, y obligatorio cuando una de las partes lo reclama razonablemente. No aclara en qué consiste exactamente esta reclamación razonable, pero dar cobertura moral a la violación dentro de la pareja es un hecho socialmente reprobable y está perseguido legalmente.

Y si con todos estos disparates no teníamos suficiente para cortar de golpe con los privilegios de la Iglesia Católica y poner fin al Concordato firmado en 1979 con el Vaticano, ahora la Conferencia Episcopal Española se ha sacado del sobaco un nuevo curso de preparación al matrimonio de dos años de duración con el objetivo de preparar a los jóvenes que tengan vocación matrimonial. El contenido del cursillo, que algunos medios de comunicación han filtrado y que poco después ha desaparecido misteriosamente de la web oficial, sigue predicando la sumisión de la mujer al hombre y vuelvo a destacar el tema de la sexualidad porque no tiene desperdicio. La mujer necesita estar descansada para tener sexo, por eso aconseja al marido que cuando quiera fornicar, asuma algún trabajo doméstico, como llevar a los niños al parque para que la parienta pueda hacer la siesta.

Voy corta de memoria, pero sí que recuerdo que en el programa electoral del PSOE para las elecciones del 10-N, Pedro Sánchez se comprometió a denunciar los acuerdos del Concordato de 1979 que daban continuidad al firmado por Franco en 1953 y que vulneran la libertad religiosa y la aconfesionalidad del Estado que contempla la Constitución. También prometía recuperar los bienes apropiados indebidamente por la Iglesia comenzando por el vergonzoso robo de la mezquita de Córdoba o la Giralda de Sevilla. Es una pena que, a pesar de que el laicismo se ha impuesto en la sociedad española, los socialistas no se atrevan todavía a hablar de ruptura y se conformen con impulsar un nuevo acuerdo de cooperación bilateral con el Vaticano. Las sotanas nos siguen dando miedo.