Los catalanes, como buenos mediterráneos, tenemos una tendencia a la exageración. En pleno bajón de la fiebre procesista, y para acabarlo de rematar, proliferan las voces de alarma sobre la inexorable desaparición de nuestra lengua. El reportaje Llenguaferits emitido por TV3 y un estudio difundido por la Plataforma por la Lengua sobre los usos lingüísticos en los patios de las escuelas e institutos de Cataluña -de dudosa solvencia científica- han provocado, en las últimas semanas, un aluvión de profecías apocalípticas que anticipan la extinción del idioma catalán en las décadas por venir.

En este contexto, se esperaba con interés la publicación de los resultados de la Encuesta de Usos Lingüísticos de la Población (EULP), que elaboran con periodicidad quinquenal el Instituto de Estadística de Cataluña (Idescat) y la dirección general de Política Lingüística. Este es un estudio que va a misa, puesto que la base demoscópica es muy amplia (9.000 encuestados) y la fiabilidad muy alta, dados los cuidadosos métodos de selección territorial y social que se aplican a la muestra.

Los más catastrofistas anhelaban que la EULP de este año ratificara sus peores augurios. No en vano, hay una línea de pensamiento que vincula la salvación de la lengua catalana a la independencia política de Cataluña, con el argumento de que el primer objetivo no es posible sin lograr antes el segundo.

Pero los primeros resultados de la EULP desmienten este alarmismo. Aunque la sociedad catalana está muy mezclada, con una importante presencia de personas migradas de otras zonas de la península Ibérica y de todo el mundo, la lengua catalana muestra unos alentadores porcentajes de conocimiento y de uso.

Esta encuesta del Idescat y de la dirección general de Política Lingüística se hace ininterrumpidamente desde el año 2003 y la secuencia señala que el catalán no retrocede. Al contrario. Nuestra lengua la entiende el 94,4% de la población y el 85,5% afirma que tiene comprensión lectora, aunque los hablantes habituales solo representan el 36%.

Entre Flandes -donde se ha impuesto el monolingüismo militante- e Irlanda, donde, a pesar de su independencia, el inglés es la lengua aplastantemente dominante, en detrimento del gaélico, el bilingüismo predominante en Cataluña no resulta perjudicial para la pervivencia de la lengua catalana. La EULP de este año también nos da un dato muy esperanzador: la transmisión del idioma de padres a hijos continúa con plena normalidad, hecho que constata la voluntad de salvaguardar el catalán.

Más allá de las polémicas estériles e interesadas, todas con un tufo de politiquería, hay una realidad y una evidencia. La preservación de nuestra lengua depende, exclusivamente, de la firmeza de los catalanoparlantes de seguirla utilizando en el día a día y de invitar a quienes no la conocen a hacerlo. Sin imposiciones ni mala educación.

En este sentido, existe el peligro que los independentistas hiperventilados quieran monopolizar el uso del catalán, convirtiéndolo en una lengua partidista. Este es el peor error que podríamos cometer todos. De hecho, somos los catalanes no independentistas quienes tenemos la capacidad de ensanchar la base de nuevos hablantes de nuestra lengua, liberándola de cualquier asimilación con el secesionismo.

Si permitimos que el catalán sea patrimonio exclusivo de los independentistas, ésta será la manera más efectiva de estigmatizar nuestra lengua, condenándola, ahora sí, a su lenta agonía y desaparición de los espacios públicos. El uso masivo que hacen las jóvenes generaciones del castellano, a pesar de que han sido educadas en la inmersión lingüística, no es ningún escándalo: es la respuesta rebelde a los tics autoritarios que caracterizan a todos los nacionalismos intransigentes. Desgraciadamente, también el catalán los tiene.

El independentismo tiene una pulsión destructiva que acaba transformándose en autodestructiva por efecto de la frustración: “La maté porque era mía” es la frase que sintetiza este fenómeno enfermizo. A los no independentistas nos toca salvar la lengua de quienes dicen quererla apasionadamente, pero que con su actitud desmesurada la están poniendo en peligro de regresión y de extinción.

Los catalanes que amamos nuestra cultura y nuestro patrimonio lingüístico tenemos dos deberes que tenemos que realizar en vida: conseguir que el catalán –y también el euskera y el gallego- sean, de verdad, lenguas cooficiales del Estado español y puedan emplearse con normalidad en todas las instancias oficiales, empezando por el Congreso de los Diputados y el Senado; hacer valer que el catalán es un idioma presente en cuatro países (España, Andorra, Francia e Italia) para obtener el pleno reconocimiento de las instituciones comunitarias, en igualdad con las otras lenguas de la Unión Europea (UE).

(Este segundo objetivo se podría conseguir automáticamente si los andorranos acabaran entendiendo que su futuro, en forma de república, pasa por su plena integración en la UE. Todo llega).