Nos quedan solo 138 días para saber de qué mal hemos de morir los barceloneses los próximos cuatro años. Hablo de las elecciones municipales y viendo que la inseguridad es el problema que más preocupa a mis vecinos, según constata el último barómetro semestral, está muy claro que la derecha ya tiene medio camino ganado. Solo tenemos cuatro meses para contrarrestar el discurso del miedo que utilizan falsarios como el Ciudadano Valls porque de lo contrario nos pasará que “el temor podrá con nosotros y, presos del pánico, acudiremos al líder. Nos prometerá orden, nos prometerá paz. Y todo lo que nos pedirá a cambio será nuestra silenciosa y obediente sumisión”. Las palabras no son mías, son una adaptación de las frases de V de Vendetta, que son verdades como puños.

Que los barceloneses sitúen los problemas de seguridad por delante del acceso a la vivienda y del encaje de Cataluña en España tendría que disparar todas las alarmas. Las primeras, las de la oposición progresista que juega a confundir a la opinión pública mezclando seguridad con convivencia para erosionar a la hAda Colau y alimenta de forma irresponsable el discurso de la represión. “Los artistas mienten para decir la verdad mientras que los políticos mienten para esconderla” porque no es cierto que Barcelona sea más insegura ahora que cuando gobernaban Trias, Hereu, Clos o Maragall. Ninguno de ellos fue capaz de resolver los robos, el tráfico de drogas, la suciedad y la prostitución más allá de aprobar leyes represivas para el ciudadano mientras hacían la vista gorda con el turismo.

Mientras la galaxia independentista sigue tirándose los platos a la cabeza por controlar el buque enseña de Cataluña allanando así el camino a Tete Maragall –siempre que al final el procesismo opte por el sentido común, es decir, el voto útil-, Colau va haciendo caja del trabajo hecho y el azote de inmigrantes y pobres continúa con su casting para montar una lista de apellidos ilustres que disimule la olor a podredumbre que hace su pacto con los fascistas en Andalucía. Todo el mundo que conozco está aterrorizado ante la posibilidad de una victoria de Valls que acabe con décadas de tradición progresista en la ciudad –si exceptuamos la distorsión de los cuatro años de CiU-. Y yo les respondo que “el pueblo no tendría que temer a sus gobernantes. Son los gobernantes los que tendrían que temer al pueblo”.

En este contexto de desasosiego generalizado fomentado en gran parte por los medios de comunicación, solo faltaba saber que nuestro cerebro es fácilmente pirateable y que hay energúmenos que llevan años investigando cómo manipularlo para que cliquemos determinados enlaces, compremos determinados productos y votemos determinados políticos e ideologías pensando que lo hacemos libremente aunque defiendan que “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la verdad” (1984). Lo explica el historiador y escritor israelí Yuval Noah Hariri, autor de la frase “no debemos subestimar la estupidez humana”, uno de los mantras que más consuelo me proporciona cuando ya no entiendo nada de nada. Siempre que puede, Hariri recuerda que el fascismo es tentador porque “piratea nuestros sentimientos de miedo, odio y vanidad, y después los utiliza para destruir”. Que después no venga nadie diciendo que no lo sabía.

Sin embargo, no quiero ser ave de mal agüero. Por eso, a pesar de que “cada vez que he visto cambiar este mundo siempre ha sido a peor” y de que duele ver cómo las víctimas olvidan rápido las infamias sufridas y vuelven a votar a sus verdugos, sigo confiando en que “una mente abierta puede cambiar el mundo” y que Barcelona volverá a dar una lección frenando el avance de la ultraderecha y enviando a la papelera de la historia a oportunistas y dictadorzuelos de medio pelo. Sigo robando las frases del mítico cómic porque no hay ejercicio más reconfortante que saber que “la justicia, la igualdad y la libertad son alguna cosa más que palabras. Son metas” universales. Por seguridad, el 26-M no nos quedemos en casa.