Quizás lo hace la edad. O no, y es una cosa objetiva y correctamente percibida. Vivimos, sufrimos, vamos sobreviviendo en unos tiempos desconocidos bajo el impacto de una pancrisis de una gravedad inimaginada. Para alguien que siempre ha andado por la vida a caballo de las dos patas, la de la salud y la de la política, ambas en una relación dialéctica y armónica, la situación actual no puede ser más convulsa, casi esquizofrénica. Boquiabiertos vemos unos medios igualmente desconcertados y en plena exacerbación de mensajes de las viejas y seguras fidelidades. Cuando menos editoriales. Una observación que trastorna: ahora resulta que política y salud se mezclan en una miasma de dependencia.

De repente los políticos se han hecho maestros en medicina y salud y se pronuncian como expertos virólogos, inmunólogos, salubristas, epidemiólogos. Con una seguridad sobreactuada de tan postiza como es. Este trinomio de miedo, incertidumbre e inmediatez hace que las propuestas, dada la tangible proximidad electoral, reactiven las furias más cruentas y las radicalidades más vehementes en todo el escenario catalán. Y entonces simulan que han reflexionado y aprendido algo, que han hecho examen de conciencia y propósito de enmienda. Y hablan de 'nueva normalidad' para retroceder a objetivos muy anteriores y en su peor versión. ¡Ahora es la oportunidad, ahora es la nuestra!

En cambio, los médicos y todo tipos de sanitarios se han convertido en referentes políticos. Diagnostican, proponen medidas de tratamiento y pronostican mucho más allá de sus materias facultativas para aterrizar sin anestesia en el terreno de la política más burda. Hoy disponen de un EXPERTO de salud por cada líder y por cada partido. Estrellas mediáticas de vuelo gallináceo y lanzamientos tan efímeros como las circunstancias recomienden, con honrosas excepciones. Una comisión de sabios por cada 'plan de reconstrucción', cada 'plan de futuro', 'nueva normalidad', 'hoja de ruta', 'pacto', 'estrategia'. A menudo los mismos personajes en diferentes equipos, siempre, sin embargo, sirviendo al
mensaje que les patrocina. Con excepciones, al servicio del mercado, la empresa, la institución, el partido, la fundación, el consorcio, el complot. Una chapuza política, un desastre sanitario, un horror económico. Es decir, una tragedia social una calamidad humana. ¿Demasiado pesimista? ¿Catastrofista? Creo sinceramente que quisiera equivocarme, pero pintan bastos.

Llegados aquí, estamos obligados a hacer una parada en la rutina bendita y sedante del día a día y empezar, de verdad, a tomar determinaciones. Incómodas, arriesgadas, pero necesarias al fin y al cabo para averiguar salidas, individuales y colectivas. Los gerentes empresariales son maestros en resiliencia y proponen siempre actuar como si nos encontráramos ante una OPORTUNIDAD, naturalmente para hacer más y más beneficios y negocios. La gente de a pie y poco poder socioeconómico, lo que denominaban clases subalternas, incluso obreras, tenemos que reaccionar también, sí o sí, porque la resignación o la pasividad son letales en este juego. El diagnóstico resulta probablemente compartido; el tratamiento es otra cosa porque supone compromiso y determinación. Pero a pesar de la pereza y la resignación no podemos hacer nada más.

Mis neuronas, ahora también mis hormonas, se ponen en modo resistencia y reconquista. Me importan ya las posibilidades del pronóstico civilizador por mis hijos, nietos y nietas, y los de todas las buenas personas, de los trabajadores/as que quieren soñar un mañana digno, justo y en paz y solidaridad. Lo primero sería encontrar la brújula que me diera el norte, o el norte aproximado, de las dos cuestiones capitales del binomio, SALUD y POLÍTICA. En cada una:

Pregunta 1: ¿Hay alguna opción para un espacio político FEDERAL (de verdad, no unionista ni independentista)? ¿Republicano de la segunda hacia la tercera República? ¿Laico, de izquierda marxista, y con las dosis imprescindibles de feminismo, de ecologismo y de base humanista, emancipatòria e igualitaria?

Pregunta 2: ¿Hay alguna posibilidad viable para una construcción real de un auténtico SISTEMA NACIONAL y PÚBLICO DE SALUD? ¿Donde lo primero sean las personas, donde los recursos sirvan a la salud, donde no manden los mercados? ¿Donde las manos de las grandes empresas transnacionales salgan del cajón de lo que es PÚBLICO, donde las políticas sirvan a la salud y a la vida, autónoma, solidaria y dichosa? Estas preguntas tienen hoy respuestas esquivas, confusas o voluntariamente superficiales. Son muy y muy difíciles de responder y aún más de ponerlas en marcha. Y, pese a todo, estas son HOY algunas de las grandes claves de prioridades para el futuro del futuro.