Sara nació en Catalunya, tiene ocho años. Está escolarizada en la escuela del barrio. Dicen de esta escuela que es una escuela inclusiva. Su padre y su madre son de origen marroquí, musulmanes. La niña habla catalán y lo escribe muy bien: es de las mejores de su clase. Su escritura supera a la de muchos niños y niñas de padres autóctonos. Es una alumna brillante, buena estudiante, disciplinada y colaboradora. Los sábados acude a las clases de la mezquita, pero le gusta más la escuela.

Hace poco hubo un incidente muy grave en su casa. Un caso de lo que llamamos “violencia machista” que no fue denunciado por la víctima. Sin embargo, el suceso, que había empezado en casa, terminó en la calle, con vecinos ayudando y la patrulla policial. Todo el barrio se enteró, y cuando los compañeros le preguntaban a Sara por el incidente, ella respondía que no, que en su casa no había sucedido nada. Sara lo negaba. Porqué Sara quiere vivir, quiere salir adelante y no solo eso: quiere vivir lo mejor posible.

Pensé en Sara hace unos días, cuando escuché al diputado de “Junts per Catalunya” Eduard Pujol comentando la huelga de la sanidad pública catalana: Pujol dijo, con un ademán impasible y altanero que esas huelgas distraen a los catalanes de lo esencial. Lo que es esencial para el diputado es, sobra decirlo, la independencia de Cataluña. Habiendo escuchado las palabras del político, no pude menos que acordarme de Sara, de su tragedia callada, de su infierno doméstico. Y pensé en la escuela inclusiva, ese término tan en boga de unos años para acá, esa escuela inclusiva metida en una sociedad excluyente.

Me pregunté qué diría Sara si le preguntase por lo esencial. Y luego me pregunté cual debería ser la preocupación de los políticos, de esos señores diputados cuya misión, sobre el papel, es velar por el bienestar de los ciudadanos. Sara no me hablaría de Cataluña, ni tan solo de ciudadanía, ni de precariedad, ni de exclusión social. Porqué Sara tiene ocho años y su mundo es el mundo: no ha aprendido, todavía, que hay quienes viven muy bien y quienes mal o muy mal, y que a ella le ha tocado el lado malo. Sara cree que toda la gente es pobre, que todos los pisos de España se parecen al suyo, piensa que en todos los pisos hay un par de butacas, una mesa, cuatro sillas y unos colchones en el suelo, una tele antigua en un rincón, las paredes desnudas (o ilustradas con manchas de humedad que sugieren el mapa de Australia). Y poco más. Sara se pregunta por esa llave del grifo pintada con un lunar rojo, ¿cuál debe ser el significado del círculo rojo?. En su piso no hay agua caliente, no hay calefacción. Hoy, Sara no se quita el jersey de tela polar color azul. Desconozco ese dato, pero podría ser que Sara piense que aquí todos los padres pegan a las madres. Que el mundo es así.

También desconozco el tiempo que falta para que Sara sepa que no todo el mundo es así. Que hay casas con calefacción, en donde la llave con lunar rojo vierte agua calentita cuando la abres. Y también me pregunto si el diputado Pujol sabe que existe Sara, si se pregunta alguna vez por el tiempo que tardará Sara en descubrir que existen personas como él, encargadas de velar por el bienestar de los demás con un salario mínimo de 5.000 euros al mes. Sara tiene ocho años, pero el diputado Pujol tiene 49 tacos y debería saberlo. ¿Se preguntó alguna vez, el diputado Pujol, qué debe ser esencial para Sara, aunque ella no sepa definirlo?

Quien no tiene patrimonio alguno solo tiene los servicios del estado: escuela, médico, transportes públicos. Este es nuestro patrimonio y esto es, por lo tanto, nuestra cosa esencial. Aunque bueno, ya lo sé: cuando el diputado Pujol nombra lo esencial lo hace porque la esencia tiene, para él, un significado distinto. En su mente, esencia remite al imaginario de las esencias patrias, que es esencial pero en otro mundo, un mundo en el que los grifos importa poco si tienen un círculo rojo, porqué solo cuenta el rectángulo de la bandera medieval, la que suministra bienestar a raudales, privilegios varios. Debería, el diputado Pujol, recordar que el tiempo pasará y Sara crecerá, y será una mujer que conocerá cosas. Quizás le pedirá explicaciones sobre lo esencial.

Para cuando eso suceda, el diputado Pujol deberá tener respuestas racionales, deberá responder algo de verdad y sin recurrir a lo extramundano.