El capitalismo financiero y globalizado, ayudado por la ideología tóxica neoliberal, es todavía hegemónico en la cultura, la economía y la política y lo contamina todo.

El pacto social se ha roto. La ideología socialdemócrata en su tiempo permitió la defensa de derechos sociales y mejorar la economía de las clases trabajadoras, pero ha topado con un capitalismo que ha roto este pacto y que ahora está actuando para reducir los derechos sociales, adelgazar cada vez más los servicios públicos, disminuir el estado como regulador del mercado y depredar el medio y sus recursos por los beneficios a corto plazo. Ante esto la socialdemocracia se ha convertido en social liberal e intenta, en el mejor de los casos, gestionar la miseria.

Hay que proponerse cambios estructurales profundos, radicales, del modelo social, económico y ambiental. Las alternativas seguramente no serán revoluciones globales. Intentos de alternativas al actual modelo neoliberal, hegemónico todavía, se están dando ya desde abajo, desde la gente organizada y desde algunos municipios, con nuevas formas de economía.

En salud y en sanidad este sistema condiciona el futuro de la sanidad pública y la salud como derecho de las personas, como bien común, universal y de calidad. El modelo neoliberal pretende dejar los servicios públicos menguados y que den cobertura de beneficencia, como en el siglo pasado, de forma que las personas con poder económico suficiente utilicen otra vez el mercado (entidades privadas de negocio) para sus necesidades de salud. Y si puede ser, que estas entidades reciban dinero del sistema público para dar a estos servicios más negocio asegurado.

Además, a los intereses económicos de hacer negocio con la enfermedad lo que se les va bien es que haya muchos enfermos, si puede ser crónicos, con mucha medicación y utilización de los servicios sanitarios sofisticados, pero que no se mueran (se quedan sin clientes). En definitiva, no les interesa la salud de la población, lo que quieren es la medicalización de cada vez más facetas de la vida.

Algunos ejemplos: en Barcelona, el hospital privado con lucro (concertado con el CatSalut) hace más del doble de partos por cesárea que los otros hospitales públicos, lo que es un mal indicador de calidad, pero bueno para el negocio.

Otro ejemplo: la criba poblacional del cáncer de mama. Tenemos un programa de detección precoz del cáncer de mama en la población femenina. Este programa es bastante caro pero salva vidas (y periodos de dolor y angustia). Pero mientras tanto la incidencia de cáncer de mama sigue avanzando año tras año y no nos preguntamos ni actuamos ante este aumento. Eso no sólo no es negocio para la sanidad, las farmacéuticas e industrias de tecnología sanitaria: es enfrentarse con el modelo social y económico de mercado. La sanidad está hoy priorizada a intereses de enfermedad y no de prevención de la salud. Actuamos al final de tubería, salvamos algunas vidas, pero con muy poca eficiencia y mucho dolor y malestar.

Los mitos de los nuevos adelantos, los nuevos tratamientos milagrosos, las nuevas tecnologías, las nuevas enfermedades, fomentan y hacen crecer el modelo sanitario de enfermedad.

Cómo decía un viejo profesor de salud pública refiriéndose a la medicalización: "Cuando nací en Escocia la muerte era vista como inminente, mientras me formaba en Canadá comprobé que se vivía como inevitable, pero en mi residencia actual en California, parece que se percibe como opcional". Por muchos intereses es importante alargar el mito de la esperanza de vida aunque sea con muy mala calidad.

No podemos seguir viviendo de ilusiones y engañarnos gestionando el modelo actual de sanidad, de salud y, en definitiva, social y económico que manda ahora. Hacen falta cambios radicales. El camino es la salud pública, la prevención, la protección, la actuación firme sobre los determinantes sociales, culturales y económicos, una economía social desde abajo, un sistema sanitario público universal y primarista, que quiere decir que la salud es cosa de la atención primaria y comunitaria en el sistema, y que los otros recursos tienen que estar muy controlados y ser transparentes para que no se pongan al servicio del mito sino al servicio de la salud comunitaria. Más que hacer más planes y estrategias llenas de literatura hay que cambiar las prioridades en el reparto de recursos, y eso es una revolución.