Son desconcertantes los efectos que las resacas electorales tienen en la salud mental de los candidatos. Los que se ven vencedores ya no necesitan de nuevos comicios y los que salen como perdedores dejan tras de sí un rastro de derrota que es imposible borrar. Sin embargo, no son los únicos perjudicados de esta carrera electoral sin fin. Los sufridos electores no hemos acabado de digerir los resultados de las generales, con un montón de incógnitas encima de la mesa, que ya volvemos a ser bombardeados con promesas de los vendedores de humo de turno. Este viernes vuelve la fiesta de la democracia con mucha descalificación personal y pocas propuestas interesantes.

En Barcelona la lucha por la alcaldía será encarnizada y mucho me temo que la cosa irá más de crispar a la parroquia que de admitir responsabilidades en el desgobierno de la ciudad. Los resultados del 28-A han dejado a republicanos y socialistas muy sobrados olvidando que somos los imprevisibles barceloneses los que el 26-M tendremos la última palabra. Mejor les iría a todos no subestimar al adversario y mucho menos zurrarlo. La hAda Colau se lame las heridas de cuatro años de desgaste mientras afila las uñas, el ciudadano Valls se mimetiza con el paisaje como hace la pantera antes de devorar a su presa y el cuarteto de la muerte de los convergentes tuneados podría acabar no desafinando tanto como se supone.

La última encuesta de evolución del voto publicada por Betevé da una victoria muy ajustada a ERCnest Maragall por delante de los comunes, pero también es verdad que quince días de campaña intensa pueden cambiarlo todo porque hablamos de diferencias mínimas. Del sondeo destaco dos hechos, a parte de la necesidad de pactos sólidos para garantizar la gobernabilidad. El primero es que Jaume Collboni se queda detrás de sus odiados ex socios de gobierno y el segundo es que el azote de inmigrantes y pobres recibe menos apoyo que el que obtuvieron los naranjas hace cuatro años. El porrazo más fuerte se lo lleva el holograma de Forn, pero estoy convencida que el Tete preferirá a Artadi antes que a Colau como pareja de baile.

El show de esta campaña irá más de postureo político y de riña de gatos que de modelo de ciudad y eso me duele porque yo, como decía Anguita, lo que quiero es “programa, programa, programa”. En este momento no me inspira demasiado ni la falsa modestia de Maragall –que ya ha distribuido las áreas de gobierno entre los miembros de su lista antes de ganar las elecciones- ni la chulería del alcaldable socialista, que vive de las glorias olímpicas y todavía no ha rechazado un pacto postelectoral con Ciudadanos. Quizás sea cierto aquel dicho popular que dice más vale malo conocido que bueno por conocer aunque los remolinos intenten sabotearle la campaña.

A pocas horas del inicio de esta enloquecida carrera soy incapaz de predecir qué puede pasar en Barcelona el domingo 26 de mayo a pesar de tener el culo pelado de hacer campañas electorales. Entre los colegas periodistas ya han comenzado a circular las tradicionales porras con unos resultados inquietantes que me desconciertan todavía más. Tampoco me consuela demasiado saber que no soy la única desorientada. El sábado pasado en el supermercado una señora se pensaba que el Maragall que se presenta a alcalde es el mismo que hizo de presidente de la Generalitat y otra admitió que estaba hecha un lío porque no entendía cómo es que Maragall, Collboni y Valls se presentan por separado si los tres son socialistas. Que los dioses nos cojan confesados.