Nunca me había costado tanto ir a votar como este pasado domingo. Para llegar hasta el colegio electoral que tengo al lado de casa –y que siempre me recuerda al 1-O y al destrozado traje de Armani del patriota Graupera- he sudado más que el portador del anillo. Y eso que solo llevaba la habitual pinza de tender la ropa de ir a votar en la nariz y una papeleta –la del Congreso- porque me niego a mantener con mi humilde voto la bicoca senatorial. Cómo pesaba el maldito sobre en el bolsillo. Y en el camino ni un gentil SamSagaz con quien compartir la pesada carga ni un travieso Gollum para distraerme. Y mucho menos un barbudo Gandalf para abrirme paso con su varita mágica (se ve que ahora el mago se ha transformado en Torra y se dedica presuntamente a preparar conspiraciones terroristas).

El primer obstáculo a superar para contribuir al caos mundial con mi voto sedicioso no ha sido una ocupación del colegio electoral por parte de los CDR, sino un inesperado incremento de la gravedad de la Tierra que me ha hecho casi imposible andar. A cada paso que daba tenía que tirar del pie con mucha fuerza porque era como si lo tuviese pegado con cola. Los cinco minutos que me separan de la escuela Ramon Llull se me han hecho eternos, pero eso no es nada en comparación con el hecho de descubrir que tienes un vecino de escalera que vota a Sauron. Estaba yo echando un vistazo a las listas como quien toquetea la fruta cuando ha llegado el asno con su mujer dominicana y ha cogido dos papeletas de ultravox. Como soy una deslenguada no he podido evitar decirle fascista y casi acabamos en la comisaria. No quiero pensar qué pasará cuando me lo encuentre en el ascensor.

Y mientras Alemania conmemora la caída del muro de Berlín con ingenuos actos de falso hermanamiento entre pueblos y Rufi se fotografía sonriente con un apoderado saurita pensando equivocadamente que nadie lo confundirá con un fan de Abascal, España se ha despertado de la fiesta de la democracia con una resaca muy chunga gentileza de un Pedro Picapiedra que todavía sueña con mayorías absolutas inexistentes y sigue sin descolgar el teléfono. Desde aquí solo me queda felicitar a los socialistas por haber dado aire a la bestia y desearles noches de insomnio en busca de una gobernabilidad imposible. Y aviso que el Zolpidem va muy bien para dormir cuando tienes mala conciencia, pero también provoca alucinaciones, así que vayámonos preparando para cuando hable del tiempo con Pablo Mármol.

A pesar del escenario apocalíptico surgido del 10-N, he decidido que hoy toca estar contenta porque siempre puede ser peor y, si no, tiempo al tiempo. Estoy contenta a pesar de que el fascismo tiene más diputados que nunca gracias al blanqueo que han hecho de él los medios de comunicación estatales. Estoy contenta a pesar de que el obrero Nou Barris comparte con el señorial Sarrià-Sant Gervasi el dudoso mérito de ser el distrito de Barcelona donde ultravox ha tenido más representación. Estoy contenta a pesar de que en Murcia los seguidores de Sauron sean la primera fuerza y de que en Lepe, que vive de explotar migrantes, hayan arrasado. Estoy contenta porque espero que un día pase lo que ha pasado en Grecia, donde el fascismo ha acabado arruinado y sin representación política, y su cúpula juzgada como la organización criminal que es.

Mientras tanto me dedicaré a disfrutar del hundimiento naranja. Si hace una semana alguien me hubiera dicho que Rivera diría adiós a la política para irse de bolos con Malú, no me lo hubiera creído. Qué placer más indescriptible ver a Barbie Arrimadas con los ojos llorosos y la cara de no haber pegado ojo, y al intelectual Girauta o a la bruja Mejías gestionando la prestación del paro. Como antes pasó con Rosa Díez y su UPD, el pirómano Kent Rivera se va derrotado con el rabo entre las patas después de haber dejado atrás un rastro de destrucción. Con él empezó todo y este domingo la semilla del odio entre los pueblos que plantó hace 13 años lo ha devorado. Y Manuel Valls ya se frota las manos.