Los que las hemos podido hacer, volvemos de las vacaciones en un estado catatónico que nos ayuda a encajar con más deportividad la sensación de que en el mejor de los casos estamos igual que hace un mes. O sea, de coña. Allí, socialistas y podemitas siguen exhibiendo genitales como si lo que menos importase fuera hacer piña ante el avance imparable de la derecha. Aquí, continúa el disco rayado del procesismo en horas bajas, ahora artificialmente reavivado por la proximidad de la Diada y de la sentencia contra los presos políticos presos. Si he de ser sincera, yo no soy como Bill Murray en Atrapado en el tiempo y no creo que haciendo el bien las cosas vayan mejor. Es más, si me lo hubiese podido permitir me hubiera quedado a vivir para siempre en la realidad paralela donde los políticos son la única especie extinguida que nadie echa de menos.

Hilando más fino me doy cuenta de que la sensación que tengo de que todo sigue igual es engañosa. En los días que he estado fuera los ladrones han aprovechado para hacer de las suyas en el barrio. Han entrado en las fincas rompiendo las cerraduras y han intentado robar en los pisos aprovechando el éxodo veraniego y el descontrol que provocan los extraños que llenan los pisos turísticos y dejan abierta la puerta de la calle. En algunos lugares han hecho mucho daño y allí donde no han podido hacerlo se han dedicado a romper extintores y a quemar los felpudos que cada vez menos dan la bienvenida a los forasteros. Hasta aquí, pocas novedades respecto a años anteriores. Solo decir que las empresas de seguridad se están haciendo de oro instalando alarmas gracias a que Barcelona se ha convertido en una ciudad sin ley, cosa que a mí ya me va bien si sirve para espantar a los turistas.

Pero por suerte no todo son desgracias en el barrio a la vuelta de las vacaciones. Finalmente parece que las obras de construcción del instituto Angeleta Ferrer van en serio. Ya sé que hasta que no tengas el trigo en el saco, llámalo paja, pero es que después de veinte años viendo cada día cómo el puñetero cartel anunciando su construcción se reía de mí en mi propia cara, una no puede evitar emocionarse. Este lunes unos operarios comenzaban a montar la nueva valla perimetral que ocupará parte de la acera de la calle Marina. Según las previsiones, el instituto -aplazado sine die por los recortes de la Generalitat y retrasado todavía más hace un año por una inexplicable polémica entre la comunidad educativa- será una realidad en febrero del 2021, aunque ya sabemos que las fechas anunciadas las carga el diablo y nunca coinciden con las reales.

Sin embargo, todo tiene un precio en esta vida. Y el precio que pagaremos en el Fort Pienc por tener un instituto será quedarnos sin uno de los espacios lúdicos más animados del barrio: los jardines de Clotilde Cerdà. Ahora solo se puede acceder a la pista de baloncesto por la calle Cerdeña, pero esto también se acabará y los vecinos que llevan a cagar sus perros a la zona de juegos infantiles mientras conversan y se preguntan mutuamente si el chucho es niño o niña tendrán que buscar un nuevo váter para sus mascotas. Ahora, el cartel que se reía de mí anunciando la construcción del Angeleta Ferrer ha sido substituido por otro nuevo más grande y todavía más gracioso que informa de los espacios lúdicos alternativos y nos envía a todos a cagar a la plaza de las Glorias.

Celebremos, pues, la buena nueva. Tendremos instituto y, si los dioses nos son propicios y los responsables políticos cumplen por una vez sus promesas, también tendremos un centro cívico nuevo antes de que Groenlandia se deshiele completamente y un tsunami acabe para siempre con la marca Barcelona. Feliz retorno al día de la marmota.