Entiendo que el Ciudadano Valls no haya querido esperar al próximo Sant Jordi para publicar su biografía. Si no consigue situarse entre los más leídos es mejor no tentar a la suerte porque el alcaldable de las élites no gestiona bien los fracasos políticos a pesar de que encadena unos cuantos. Hace pocos días presentó en Barcelona el libro Manuel Valls, vuelvo a casa de la mano de Mario Vargas Llosa, otro gran patricio demócrata venido a menos desde que se habla más de su nueva esposa que de su última novela. El negro debe de haber escrito el libro a toda prisa y hay que felicitarlo por la proeza porque trabajar a las órdenes de un ególatra no tiene precio.

El relato es una primera aproximación fascinante al que será su programa electoral y tendría que ser lectura obligada de la hAda Colau si le abandona la inspiración. El ex-ministro francés debe de haber leído en La Vanguardia que el acceso a la vivienda es la gran preocupación de los barceloneses y que en la ciudad hay poco suelo disponible, por eso propone la construcción de rascacielos como respuesta a la falta de pisos. Gran idea. Lo que no acaba de concretar en su propuesta porciolista de “crecer hacia arriba” es si la suya es la vía Manhattan o la vía banlieue. Visto su pedigrí, yo no descartaría que fuera la segunda porque la mayoría de los barceloneses que buscan desesperadamente una vivienda asequible son pobres.

El Ciudadano Valls es gato viejo de la política y, por tanto, un hábil equilibrista. Por eso es republicano en Francia y monárquico en España. “Hoy ser republicano en el mundo, en Europa y en España no es oponerse a la monarquía, es oponerse a la tiranía”, asegura. Es igual que monarquía y tiranía hayan ido históricamente de la mano y que la monarquía borbónica que él defiende con la vehemencia de un converso la pusiera un dictador. El martillo de herejes de inmigrantes pobres no puede contener su ramalazo de estadista frustrado y se pierde divagando sobre un plan marshall europeo para el continente africano y rememorando su relación con Obama y Merkel. Se nota que el vestido de alcaldable le viene pequeño.

La gestión de la hAda Colau es el centro de sus dardos envenenados. “La ciudad está más sucia y no es tan segura como lo era antes”, insiste obviando el impacto que el turismo masificado tiene en este escenario apocalíptico y dejando claro que el discurso de la inseguridad de la extrema derecha europea será el eje central de su campaña. Ya sabemos que las buenas noticias no compran votos, pero el Ciudadano Valls tendría que leerse la obra del médico y educador sueco Hans Rosling. Como mínimo le cambiaría esta cara de pocos amigos que gasta. Le resumiré las líneas básicas del pensamiento optimista de Rosling en una sola frase: “La mayoría de la gente, incluidos políticos y expertos, opina a la ligera sobre el estado del mundo sin tener datos ni estadísticas reales para juzgar”.

Se nota que el Ciudadano Valls no es feliz porque su sonrisa de la portada es una mueca y en la distancia corta siempre está a la defensiva. El vendedor de humo cae continuamente en contradicciones argumentales que le humanizan y a duras penas puede disimular que él es el candidato de Ciudadanos y no el líder de una plataforma fantasma formada por “catalanistas moderados, socialistas y gente de centro derecha”. Una tensa entrevista en el Huffington Post donde el periodista le pregunta sobre la utilización que el partido de Albert Rivera hace del populismo revela la cara más temible –la de verdad- del antiguo vecino de Horta. A su lado, el terrible Darth Vader es Bambi. Así que será mejor no perderle de vista no sea el caso que acabe siendo alcalde.