Con más de 260.000 personas contagiadas y casi 12.000 muertos, la Covid-19 ha golpeado dramáticamente a Cataluña, con una virulencia como se ha visto en pocos lugares del planeta. Los efectos económicos de la pandemia también son pavorosos. El paro se había encaramado, a finales del mes de abril, a 467.810 personas y casi 100.000 empresas han presentado ERTEs, que afectan a más de 715.000 trabajadores.

La situación sanitaria y social es de una extrema emergencia. Las colas para conseguir alimentos gratuitos son la expresión de la miseria que está minando a la sociedad. La “nueva normalidad” que se nos anuncia vendrá acompañada, inevitablemente, del cierre de muchos negocios y de la profundización de la crisis laboral.

Ha coincidido el pico de la pandemia con el 40º aniversario de la restitución del Parlamento de Cataluña, nuestra máxima institución de autogobierno. Las trágicas circunstancias que nos tocan vivir han deslucido la conmemoración institucional de este acontecimiento. Para quienes nacimos y crecimos bajo la bota del franquismo, el retorno del presidente Josep Tarradellas, la aprobación del Estatuto de Autonomía y el restablecimiento del Parlamento del Parque de la Ciutadella son hitos inolvidables.

El contraste entre aquellos días de la primavera del 1980, rebosantes de optimismo y de esperanza colectiva, con estos días de la primavera del 2020, marcados por la tristeza y el vértigo de la incertidumbre, produce escalofríos. La sensación de hecatombe está, en nuestro caso, aumentada por la ausencia de un liderazgo político y de un referente sólido, capaz de responder a las angustias y a los anhelos de los catalanes.

No quiero cargar las tintas contra el presidente Quim Torra. Es como es y no se le puede pedir más. Accedió al cargo por accidente, como presidente vicario en ausencia de Carles Puigdemont. Para remarcar el cariz provisional de sus funciones, incluso ha dejado vacío el despacho presidencial del Palau de la Generalitat. Presume de que no es un político “profesional” y a fe mía que demuestra un profundo desconocimiento del funcionamiento de la administración y de los laberintos de la gestión pública, que además no le interesan en absoluto.

Quim Torra transmite estrés, inseguridad y precariedad. Sabe que su continuidad pende de la decisión del Tribunal Supremo sobre su ridículo acto de desobediencia con la pancarta del balcón del Palau de la plaza de San Jaime. Por su dignidad y la de la institución que representa no puede vincular la agenda política, económica y social del país al desenlace judicial de este episodio, menor y anecdótico. Es despreciar a la Generalitat y a Cataluña, en unos momentos de gran dramatismo y dolor colectivo.

Él admira a los hombres de acción (Pau Claris, Rafael de Casanova, Francesc Macià, los hermanos Badia…), pero Quim Torra no es un hombre de acción ni tiene madera de mando. No dudo que la delicada situación familiar que tiene, atacada por problemas de salud, condiciona mucho su manera de actuar. Le entiendo.

A diferencia otros referentes independentistas históricos, el actual presidente de la Generalitat nunca arriesgará ni su vida ni su patrimonio por los ideales patrióticos. Para entendernos: el presidente Lluís Companys tenía el problema familiar de su hijo Lluïset, pero proclamó el Estado catalán, se involucró a fondo en la Guerra Civil y acabó fusilado en el castillo de Montjuic.

No dudo que Quim Torra es, a su manera, un gran patriota y respeto su amor apasionado y platónico por “su” Cataluña “noucentista”. Pero tengo que decir que, lamentablemente, no es el hombre que Cataluña necesita en estos momentos críticos de nuestra historia. No tiene energía, no tiene empatía, no tiene capacidad de convocatoria –más allá del círculo de convencidos acríticos que le rodean-, no tiene genio creador ni innovador, no tiene carisma, no tiene credibilidad.

Su figura pública se ha ido desvaneciendo y apagando a medida que la pandemia de la Covid-19 ha ido avanzando y destrozando Cataluña. Hoy, Quim Torra es un hombre cansado, desbordado y anonadado.

Su nombre irá asociado, por siempre jamás, a la debacle sanitaria, humanitaria y económica que sufrió Cataluña en el año 20 del siglo XXI. Y la historia dirá que el Gobierno de la Generalitat, bajo su presidencia, actuó de una manera muy deficiente e insuficiente. La alta mortandad registrada en las residencias de la tercera edad, que son competencia exclusiva del Gobierno catalán, le perseguirá todo lo que le queda de vida y más allá.

Por eso, como que sé que es una buena persona y que tiene los sentimientos a flor de piel, le pido que mantenga la palabra dada y convoque elecciones, ahora que los presupuestos –aunque sean papel mojado- ya han sido aprobados por el Parlamento. Quim Torra no puede negar la evidencia: el Gobierno de coalición JxCat y ERC que preside está roto y totalmente amortizado.

También el espacio político que él representa, que es una coalición del PDECat, CDC e independientes de la cuerda de Carles Puigdemont, hace aguas. Después de la sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Palau, el PDECat –organización continuadora de CDC- está muerto y enterrado. Así lo ha visto Marta Pascal, que, muy acertadamente, ha roto el carné y ha creado el nuevo Partido Nacionalista Catalán (PNC), que recogerá los restos del naufragio convergente.

La legislatura que empezó con las elecciones del 21-D del 2017 está destrozada y acabada. Puede estallar en cualquier momento: por la sentencia del Tribunal Supremo, por la decisión de ERC de retirarse del Gobierno o por una escisión interna de JxCat que se sume al proyecto del PNC. Quim Torra es plenamente consciente de estas enormes fragilidades y lo más honorable es que él mismo asuma ahora la decisión inevitable que, tarde o temprano, tiene que adoptar: la convocatoria de elecciones al Parlamento de Cataluña.

Por su trayectoria de independentista independiente, Quim Torra no puede emborronar su biografía. No puede dejar pudrir, todavía más, el Gobierno de la Generalitat que él preside en espera que el eurodiputado Carles Puigdemont reorganice, desde Waterloo, el rompecabezas de intereses diversos de JxCat (que es una marca registrada por CDC), PDECat, la Crida y el Consell per la República.

Este galimatías no tiene una solución a la vista. Entre otras cosas, porque dirigir un partido catalán desde Bélgica es una tarea imposible, por mucho que existan Skype, Zoom o Team. Mantener en situación de extrema precariedad el Gobierno de la Generalitat porque hay que ganar tiempo para que Carles Puigdemont reconstruya el jarrón roto de la antigua Convergència es una temeridad y una irresponsabilidad.

El presidente Quim Torra rehúsa convocar elecciones anticipadas con la excusa que la crisis sanitaria, económica y social provocada en Cataluña por el coronavirus es demasiado grave para hacerlas. Al contrario: precisamente, porque los efectos de la pandemia han estado y son catastróficos y hay que proceder, con urgencia, a la reconstrucción del país es por lo que hay que hacer elecciones ya y que en el Gobierno de la Generalitat haya, cuanto antes mejor, un nuevo equipo, preparado e inteligente, con empuje, ilusión y capacidad para movilizar y organizar todas las energías positivas –que son muchas- que hay en Cataluña.