Una pregunta habitual en tests de personalidad, juegos de grupo o incluso en entrevistas que se hacen a personajes de diversa índole es: ¿qué tres cosas te llevarías a una isla desierta? Muchas veces la respuesta que se da sería difícil de llevar a la práctica, porque si se elige un teléfono móvil, un ordenador portátil o cualquier aparato tecnológico, sea una linterna o un equipo de música, necesita recargar las baterías. Y en las islas desiertas no hay electricidad si no es que uno de los tres objetos elegidos sea un generador.

Y en este confinamiento que hacemos en solitario, pareja o familia, sin poder encontrarnos con los amigos y el resto de familia, los dos enseres más importantes creo que son la televisión, mucho mejor si es con Netflix o la plataforma de la compañía telefónica, y el teléfono móvil con WhatsApp y videollamadas. El tercero probablemente sería el ordenador o la tablet. Enseres que dependen de un hilo de fibra o de una conectividad que puede estropearse en cualquier momento. A pesar de que a medida que se alargue el confinamiento, una estantería llena de libros puede acabar siendo uno de los elementos más utilizados. Seguro que estos tiempos de confinamiento generará mucha literatura de parejas que acaban separándose al descubrir realmente quién es el otro, y de amigos o familiares peleados que se reconcilian por videollamada.

Dicen los psicólogos que muchas parejas deciden separarse durante unas vacaciones, y ahora habrá que ver como afectan tantos días encerrados. Y quizás una pregunta a hacer en un test o juego cuando acabe esta crisis será: ¿con quién te gustaría pasar un mes encerrado en un hipotético nuevo confinamiento? También en cuanto a los cambios de rutinas será interesante para los sociólogos y psicólogos ver los estudios que se harán de cómo ha afectado este confinamiento a las diferentes tipologías de personas que lo han vivido sólas o en compañía, o si en diciembre habrá un número inhabitual de nacimientos.

Pero, bromas aparte, a mí que vivo en Moià, con los cambios de hábitos y de disponibilidad de productos y servicios que se han dado, y la incertidumbre sobre qué pasará mañana, este confinamiento me recuerda situaciones como en enero de 2003 cuando yo estaba en Bagdad semanas antes del inicio de la guerra. Así, después de unos días en que la gente acapara en los supermercados y en las farmacias y se agotan algunos productos, el domingo la gente se encuentra con que en el mercado semanal que se celebra ese día sólo hay un tercio de las paradas habituales, y falta la más grande de fruta y verdura. Se empiezan a hacer cívicas colas a las puertas de las tiendas con sólo dos personas dentro, y en las farmacias no tienen alcohol y racionan el paracetamol. Correos ya no hace el reparto normal, y se agotan las pilas para las linternas y radios y también las velas. A pesar de estar a las puertas de la primavera, la gente se hace llenar el depósito de gasóleo para la calefacción y el agua caliente de la cocina y el baño. Y se vuelven a llenar los garajes con leña en un municipio donde muchas cocinas van con electricidad, conscientes que, si fallase la luz, se puede cocinar en el hogar de leña.

Pasan los días, y muchos establecimientos esenciales reducen el horario. Y se saca dinero de los cajeros antes de que se impongan limitaciones diarias. Y hay gente que se desplaza a las grandes superficies de Vic o Manresa por si pueden comprar una cazuela, baterías nuevas para el móvil o otros utensilios, antes de que vengan más prohibiciones y no se pueda salir del municipio. Y una sensación similar se tiene en todas las ciudades con las calles desiertas y todo cerrado, salvo los supermercados, como si estuviéramos en guerra esperando al enemigo.

Un sentimiento que a mí me recuerda el Bagdad de enero de 2003, cuando un día te avisaban que ya había limitaciones para salir de la ciudad, otro te encontrabas con que en la habitación del hotel te habían puesto tiras de cinta adhesiva en las ventanas por si había detonaciones, y otro un restaurante cerraba hasta que pasara todo. Y a pesar de que, desde la distancia, como periodista, eres un privilegiado que marcharías al cabo de unos días, veías en los ojos de la gente el miedo por la incertidumbre de un mundo que efectivamente
se descomponía y la angustia por si habría más o menos muertos.

Ojalá que aquí, cuando pase todo, nos hayamos preocupado más las dificultades del confinamiento y por qué objetos son
realmente esenciales, que no por ver como el coronavirus se lleva la vida de mucha gente.