Es evidente que en el mundo de la política partidaria a menudo es más fácil recuperar, recalentar y freir de nuevo conceptos y prácticas del pasado que innovar. A veces nos quieren vender como nuevo algo que lleva el perfume de otras épocas y la terminología de viejos y olvidados discursos. En este sentido sería bueno que, más allá de seguir y observar el rifirrafe político y las personas elegidas para dirigir la última iniciativa organizativa diseñada en Waterloo, fuésemos capaces de averiguar y definir mínimamente qué caray es, y qué hay en la operación de Junts.

Más allá de saber cuántas vicepresidencias tendrá, qué adhesiones recogerá y el número de militantes que se reunirán, resulta importante saber qué tipo de movimiento se está gestando en Catalunya y qué discurso está elaborando para ofrecer a su electorado. ¿Estamos hablando de una reencarnación del viejo pujolismo, o quizás estamos ante un sincretismo político relleno de populismo nacionalista y culto a la personalidad, adobado con frustraciones colectivas? Conviene saber todo esto para evitar sorpresas futuras, disgustos y lamentaciones.

El ilustre historiador y politólogo, Jean Touchard, en su Historia de las ideas politicas definió el peronismo como un 'nacionalismo popular, demagógico y con pretensiones autárquicas'. Nos explicó, también el francés, que una de las características de aquel populismo peronista era la exaltación del liderazgo de Juan Domingo Perón, y la identificación de su persona con el pueblo y la patria. La utilización de los sentimientos y un habilidoso uso de los símbolos -incluyendo el fenómeno Evita -dieron al general argentino buenos réditos políticos.

Cómo pueden comprobar, establecer un cierto paralelismo entre ambos movimientos no es nada forzado. En el fondo del discurso puigdemontiano radica un desprecio hacia la ley, un panegírico constante de la desobediencia y el establecimiento de una correspondencia perversa entre el movimiento que pretende impulsar y Catalunya. Después de la presentación en sociedad de Junts, podemos afirmar que el puigdemontismo ha hecho un paso más para fagocitar todo lo que se mueve en el universo independentista. Resulta paradójica escuchar a políticos prehistóricos como Mascarell, Trias o Colomines, decir que los partidos son 'instrumentos caducos' y que la brisa de Waterloo nos curará de todos los males. Hablan de transversalidad nacionalista, obvian quién recorría históricamente a este concepto para esconder, por ejemplo, los conflictos de clase y perpetuar las élites oligárquicas.

Edward Gibson -sociólogo doctorado en Columbia, catedrático en Northwestern y autor de varios libros especializados en movimientos politicos- ha reflexionado a fondo sobre lo que considera uno de los rasgos fundamentales del peronismo y, por extensión, del nacionalismo populista. Gibson destaca 'la elasticidad', la capacidad de adaptación a las circunstancias cambiantes de la política que tienen estos populismos pero, sobre todo, su esfuerzo titánico para impedir el nacimiento y consolidación de otras alternativas (ahora pienso en el PDCAT o ERC). En su estudio sobre el modus operandi del peronismo remarca la habilidad darwiniana del movimiento para reinventar estructuras de movilización electoral y coaliciones para mantenerse en el poder. Todo esto lo hemos visto aquí hasta la náusea.

Si la nueva fórmula organizativa del puigdemontismo parida en Waterloo prospera, u obtiene un buen resultado electoral, podremos afirmar sin miedo a equivocarnos, que un populismo de inspiración neoperonista ha arraigado en Catalunya. Viejos dirigentes, tránsfugas de cien proyectos, arribistas y pensadores que ya se han cansado de pensar pueden convertirse en la reencarnación de un discurso pasado y repetitivo que no aportará nada bueno al país.