La sociedad es un motor permanente de evolución y de cambio. Solo hay que fijarse en los impulsos que motivan a las nuevas generaciones a movilizarse para intuir en qué dirección avanzaremos en los próximos años y en las próximas décadas.

Ahora mismo hay dos reivindicaciones que impregnan el segmento juvenil combativo. Una -como hemos constatado nuevamente este pasado 8-M- es la lucha contra la discriminación, las desigualdades y la violencia que sufren las mujeres. La asistencia masiva de estudiantes a las manifestaciones “violetas” confirma que hay un movimiento de fondo que nos anticipa una progresiva feminización del poder económico, político y cultural.

La otra preocupación vital es el cambio climático y, en definitiva, el modelo energético, de producción y de consumo que hemos heredado de la pasada revolución industrial, basada en la utilización intensiva de combustibles fósiles. La anunciada catástrofe ecológica que nos espera provoca la alarma entre las nuevas generaciones que la sufrirán y que ven amenazado su legítimo derecho a la calidad de vida. El grito de la estudiante sueca Greta Thunberg ha convertido los “viernes por el futuro” en una tendencia mundial entre los jóvenes.

Mujeres empoderadas y defensa del medio ambiente son los vectores que determinan la actual fase de evolución de la humanidad, en especial en el mundo occidental del cual formamos parte. El nacionalismo y la obsesión por las banderas y las fronteras no forman parte de la agenda de las generaciones que suben, fuertemente imbuidas por la globalización que comporta la civilización de Internet.

En este sentido, el independentismo catalán, que se incubó con la eclosión de los movimientos nacionalistas europeos surgidos a finales del siglo XIX y comienzos del XX –con una singular influencia del separatismo irlandés, de raíz católica- se ha hecho conceptualmente “viejo”. Solo hay que ver las manifestaciones independentistas para remarcar la abundancia de “canas” y la débil asistencia de jóvenes para sacar interesantes lecturas sociológicas y políticas.

El mismo pasa en el lado españolista. Las batallitas patrióticas no interesan ni emocionan a las nuevas generaciones, que las consideran unas rémoras de un pasado ya lejano y superado. Incluso el deporte-espectáculo, que ha instrumentalizado y ha abusado a fondo del sentimiento de identificación identitaria, está perdiendo interés entre los jóvenes, que ya no se dejan obnubilar ni manipular, como antes, por la épica de los himnos y de los uniformes.

Cataluña, que es una sociedad inquieta y punta de lanza en la península ibérica de las oleadas innovadoras, tiene mucho trabajo que hacer para asimilar los nuevos vientos que soplan. En nuestros ayuntamientos solo hay un 18% de alcaldesas, no hemos tenido nunca ninguna presidenta de la Generalitat y las mujeres están ausentes de los centros de decisión económica y empresarial. El poder, en Cataluña, continúa siendo aplastantemente masculino.

Tampoco hemos hecho los deberes en cuanto a la transición energética. A pesar de que tenemos una naturaleza que nos proporciona fuentes limpias en abundancia (Sol, viento, ríos, geotermia, mar…) continuamos totalmente dependientes de las energías sucias (nuclear e hidrocarburos) para tener electricidad y desplazarnos. La renuncia de la Generalitat a promover y a incentivar las energías renovables es, en este sentido, escandalosa e irresponsable.

Si algo de positivo ha tenido el movimiento independentista es que ha despertado la conciencia de mucha gente en los valores de la democracia, la solidaridad, la cooperación y los derechos civiles. Se han invertido muchos esfuerzos e ilusiones en la consecución de un objetivo quimérico y erróneo como es la secesión de Cataluña, pero, a la vez, muchas personas han comprendido y han asumido la importancia de la autoorganización y la responsabilidad social.

Si toda la fuerza, el empuje y el voluntarismo demostrado por los independentistas los dirigiéramos a construir una Cataluña sin corrupción, feminista, ecológica, ordenada y más igualitaria, podríamos sobresalir en el concierto de la comunidad internacional sin ninguna necesidad de provocar traumáticas fracturas emocionales internas que solo generan dolor y frustración. Cataluña puede ser un ejemplo de país democrático avanzado –la “Dinamarca del sur”, que decía Artur Mas- si nos concentramos en los retos de feminizar el poder y preservar el medio ambiente para protegernos y prevenir el cambio climático.

Tenemos las condiciones geográficas por devenir un “paradigma verde”. Tenemos una sociedad que sabe moverse coordinadamente, y lo ha demostrado, para conseguir los ideales que se propone. Tenemos un marco de libertades, amparado por la pertenencia a la Unión Europea, que hace posible el doble objetivo que motiva y moviliza las conciencias de la gente joven de hoy. Tenemos un espíritu crítico y progresista que nos impele a romper con las cadenas del pasado. Tenemos una tradición emprendedora que sabe transformar los proyectos en realidades.

La Mancomunidad (1914-23), con muchísimas menos competencias y recursos financieros que la Generalitat actual, hizo un trabajo ingente de modernización del país. Podemos decir que en aquellos nueve años, nuestros antepasados hicieron una tarea más fértil y más útil que los casi 40 años de autogobierno autonómico que llevamos. No es una cuestión de formas y de estructuras de Estado. Es una cuestión de las personas que ponemos al frente de las instituciones y de los ideales que encarnan.

Por una Cataluña feminista y ecológica es obvio que hacen falta nuevas organizaciones y nuevos liderazgos que ahora no están. Pero la base y el fermento los tenemos y, a buen seguro, acabarán cuajando. Las nuevas generaciones presionan y reclaman cambios que están llamados a ser el eje del debate y de la acción política. Si hemos superado con nota el reto de la integración de la emigración y no hemos caído en la trampa del populismo xenófobo, estamos en condiciones de abordar la transformación social, cultural, energética y consumista que nos interpela.