En este otoño tan francés como catalán que nos ha tocado vivir (los chalecos amarillos al otro lado de los Pirineos, los lazos amarillos en el nuestro), algunos buenos amigos desconocidos me han hecho llegar algunas imágenes que podían haber sido rodadas en cualquier pueblo europeo donde los policías aún son utilizados para mantener un cierto estado de cosas que permita evitar, de momento, confrontaciones más violentas e incontrolables.

Personalmente las imágenes que más me han gustado, quizá por la gran dosis de utopía que contienen, son las que recogen la escena de unos manifestantes bailando y haciendo sonar instrumentos musicales ante un cordón policial que les impide cruzar la calle, pero no, por lo visto, divertirse. He mirado varias veces esta breve filmación y me ha parecido que algunos de los policías podían estar a punto de incorporarse al grupo de los músicos y bailadores, que a fin de cuentas eran de su misma edad, de sus mismas aficiones musicales, pero que en última instancia una especie de miedo al castigo disciplinario o a lo que fuera se lo había impedido. Por una fácil asociación de imágenes, he pensado en Kubrick y en la escena final de su obra maestra "Senderos de gloria", que nos señala el camino de una verdadera reconciliación, si es que todavía es posible, entre los humanos: para Kubrick una canción en el momento oportuno puede operar este milagro de la fraternidad, tan o más importante que el de la multiplicación de los panes y de los peces.

Más asociaciones de ideas y de imágenes: los tanques de la Unión Soviética y del pacto de Varsovia entrando en Praga en el verano siguiente a la llamada primavera de 1968. Recuerdo una fotografía en la que se podía apreciar, ante uno de esos tanques, la figura de un manifestante con camisa blanca, que llevaba totalmente abierta para ofrecer su pecho desnudo a los conductores de aquel aparato de muerte. Hombre y camisa blanca que guardan un cierto paralelismo con óleos pintados por Goya con motivo de los fusilamientos del 3 de mayo de 1808. La brutalidad del poder de las armas es la misma; la soledad de los que se oponen a este extraño poder es inmensa.

Pocos meses después de la malograda primavera de Praga, a principios de octubre de 1968, tuvo lugar una masacre en la plaza de las Tres Culturas de la ciudad de México, donde se habían concentrado ciudadanos que intentaban hacer llegar sus reivindicaciones al gobierno mexicano: el ejército y la policía, abrieron fuego de ametralladoras sobre miles de manifestantes pacíficos y gente que simplemente pasaba por aquel lugar.

Veinte años después la imagen se repetiría en la plaza de Tiananmen de la capital de China: durante la revuelta que se produjo en aquella ciudad en la primavera de 1989: un llamado "rebelde desconocido" se plantó ante una fila de tanques logrando detenerlos, al menos durante unos momentos. La imagen fue captada por tres diferentes fotógrafos desde el balcón del Hotel Beijing, en la misma plaza Tiananmen y, tras diferentes vicisitudes, pudo ser publicada en cientos de periódicos y revistas de todo el mundo. Este rebelde desconocido fue incluido por la revista Time en la lista de las cien personas más influyentes del siglo XX.

Praga, la ciudad de México, Tiananmen representan un modelo represivo que conviene no olvidar: las primaveras políticas rara vez terminan como los que las inician pretenden. No obstante, en el imaginario colectivo también representan una manera heroica y pacífica de hacer frente al poder.

Sin embargo en París, en Barcelona, ​​en otras ciudades europeas pueden haberse iniciado otras "primaveras" que, hasta ahora, no son percibidas como suficientemente peligrosas para los poderes constituidos y que, por tanto, no han sido reprimidas militarmente. El poder tiene hoy otros medios más sutiles para desarmar, reducir y marginar a sus opositores. Basta con pensar en la utilización partidista de los medios de comunicación y de las llamadas "fake news", que a menudo son "fake fake" y que constituyen una manifestación actualizada de la guerra psicológica. La cuestión se puede complicar si los opositores no se cansan, si perseveran en sus reivindicaciones; si, por ejemplo, cada semana el coro del Liceo saliera a las Ramblas a cantar el "Va pensiero" de Nabucco delante de todos (hasta ahora lo ha hecho unas pocas veces, la última el día 5 de agosto).

Podría suceder entonces que, al cabo de un tiempo, los policías de aquí y de allí se unieran al coro de esclavos y a la orquesta de los marginados. Un coro y una orquesta que serían difíciles de parar.