A pesar de que hay quién dice que el mundo se divide entre lectores de Tintín y fans de Astèrix y Obèlix, en mi casa estaban los dos y con mis hermanos los devorábamos igual. Las historietas de los galos empiezan siempre con un mapa de la Galia y el texto: "Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿Toda? ¡No! Un pueblecito del norte rechaza una y otra vez al invasor". La semana pasada en el Parlament, Junts per Catalunya votó a favor de la propuesta de ley para la regulación de los precios del alquiler... ¿Todo? ¡No! Un grupito de cuatro diputados del grupo, los del PDECat, votó en contra.

Que el Partido Demócrata decidiera a marcar perfil en un tema tan importante y controvertido como la regulación de los alquileres no es cosa menor. Unos días antes la dirección nacional de los postconvergentes, ante la expulsión de la consejera Àngels Chacón del Gobierno, se había comprometido a marcar perfil ideológico en las votaciones en el Parlament y en el Congreso siempre que fuese necesario. La ruptura de la disciplina de voto juntista demuestra que el divorcio entre el partido donde todavía milita Artur Mas y el nuevo artefacto de Puigdemont es más profundo que una simple pelea por los sillones.

En las últimas semanas el nuevo partido del presidente exiliado ha recibido adhesiones entusiastas de convergentes de toda la vida, supuestamente escandalizados por la maniobra de la dirección del PDECat de llevar a manos de la justicia las argucias de los puigdemontistas para quedarse con el control del nombre inscrito en el registro de partidos. Esta fue la excusa perfecta para que personas que toda la vida habían militado en un partido de centroderecha se lanzaran a los brazos de un partido los dirigentes del cual no se cansan de manifestar que juega en el otro lado del arco parlamentario. Estoy seguro (y de hecho pueden repasar algunos tuits de juntistas previos a la votación) que muchos de los miembros del nuevo partido se habrían sentido mucho más cómodos con el no a la propuesta de ley.

Pero, ¡cómo son las cosas!, el partido de Puigdemont que sólo tiene como espina central un determinado relato sobre la independencia, tiene tan poca musculatura ideológica que es incapaz de no caer en las trampas de una determinada izquierda que ha situado el debate sobre la ley de alquileres en una guerra entre buenos y malos. A saber, buenos los que están a favor de la ley, malos los que están en contra. Los primeros nos defienden a los pobres y sufridos inquilinos, los segundos son la mano negra de los fondoss buitres que quieren especular y hacerse ricos
a cuenta de los primeros. No profundizaré en los argumentos contrarios a la ley. El Instituto Ostrom (@InstitutOstrom en Twitter) ha hecho una muy buena labor defendiéndolos. Pero sí que diré que se puede ser contrario a una ley, por considerarla mala técnicamente, y no estar en contra de sus objetivos.

Sea como fuere, algo está cambiando en la guerra entre el PDECat y el nuevo partido de Puigdemont y los suyos. La batalla ya no es simplemente de encaje orgánico, no lo ha sido nunca, sino que empieza a aflorar la auténtica tensión entre un mundo y el otro. Los primeros quieren representar lo que representaba Convergència, actualizando algunos planteamientos y apostando por un independentismo moderado. El objetivo de los segundos es sustituir a Esquerra Republicana, jugando en el terreno donde esta jugaba antes del 21 de diciembre: siempre a punto para señalar a traidores y tibios en casa del vecino.

El problema es que a pesar de que la independencia de Catalunya es un tema capital, el Parlament y el Govern siguen tomando decisiones que afectan al futuro del país más allá de su relación con el Estado. Es por eso que hace falta que los partidos piensen y defiendan algo sobre políticas de promoción económica, servicios sociales o vivienda. El nuevo partido de Puigdemont y los suyos no sabe qué pensar, por eso se hace la foto con el Sindicat de Llogaters entrando la ley en el Parlament y después, cuando intenta modificar la ley en el trámite parlamentario, queda como un traidor de la noble causa de la vivienda asequible. Con su votación en contra, el PDECat ha empezado a construir la valla del poblado que los defienda de la invasión de aquellos que pretendían convertirlo en un partido de centroizquierda con un independentismo de populismo radical.

Habrá que ver quién será su Astèrix y cuál será la fórmula de la poción que les permitirá seguir resistiendo y, quién sabe, algún día pensar en ganar.