Una de las lecciones indiscutibles que dejará la pandemia de COVID-19 es que la sanidad de los ciudadanos no se puede dejar en manos de la competencia entre el sector público y el privado. La salud es un derecho fundamental que no puede depender de que unos cuántos hagan negocio con ella. Es tan evidente que cuesta de entender como todavía hoy se permite que se especule con este bien básico.

Los poderes públicos pueden gestionar mejor o peor los servicios sanitarios pero son controlados por la ciudadanía. Las grandes empresas privadas del sector de la salud y sus laboratorios farmacéuticos viven pendientes de sus beneficios y los de sus accionistas. La salud de la mayoría no puede depender de sus beneficios.

Mi padre murió por culpa de la hepatitis C. Poco tiempo después de su muerte, se supo que una multinacional farmacéutica, Gilead, disponía de un medicamento que curaba esa enfermedad. La empresa quería hacerse de oro con este medicamento y presionó a los gobiernos de medio mundo para que le pagaran auténticas fortunas por suministrárselos. En el tira y afloja entre multinacional y gobiernos murieron muchas personas a la espera del remedio. Al final, los gobiernos lo adquirieron, los accionistas de Gilead se forraron –entre ellos el ex-secretario de Estado de Estados Unidos durante la invasión de Irak, Donald Rumsfeld, que fue director general de la compañía- y la gente ha dejado de morir de hepatitis C. La presión de las asociaciones ciudadanas de afectados que exigieron que se les suministrara el medicamento fue imprescindible para lograrlo.

Después de este éxito económico y fracaso moral de Gilead, la empresa ha seguido haciendo negocios. ¡Véte a saber si sus laboratorios acaban encontrando el fármaco o la vacuna que mata el COVID-19! ¿Querrá hacer negocio también con ellos?

El mundo tiene que dar un puñetazo sobre la mesa. La pandemia que estamos sufriendo tiene que ser el argumento definitivo para echar a los negociantes de la atención a la salud de los ciudadanos. La salud no puede ser un negocio. Los médicos, enfermeras y personal sanitario que se están dejando la salud física y mental en todo el mundo para combatir la pandemia tienen derecho a nuestros aplausos. Se los merecen. Pero se merecen y exigen a la vez que la salud deje de ser un elemento de intercambio comercial.

La salud o es de todos o no es de nadie.

La dicotomía está muy clara: o salud pública o salud pública.