En realidad, algo sí somos: un segmento en la cadena de la vida. Solo eso. No, desde luego, el Rey de la Creación, dueño y señor de todo lo que se mueve y también de lo inamovible.  Así lo ha puesto de manifiesto la familia Coronavirus (CoV), una amplia comunidad de seres, que pueden causar desde un resfriado a una neumonía.

La cosa no es de hoy. François René de Chateaubriand, en sus Memorias de Ultratumba, recuerda que, en el 431 antes de Cristo, habían asolado el mundo 22 grandes epidemias; que la peste negra del siglo XIV se llevó por delante a las cuatro quintas partes de los habitantes de Europa y que, en 1817, el cólera trajo la desolación a 1.400 ciudades y arrebató la vida a 40 millones de personas. Entre los afectados, el propio Chateaubriand

"Procread y multiplicaos y henchid la tierra; sometedla, dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra", proclama el Génesis. Y, así, endiosados, los humanos, consideran su dominio como un feudo de Dios y se dedican a explotarlo, hasta el punto de perder la conciencia de que nuestra vida forma parte y depende la vida de todo lo vivo, incluido lo que puede dañarnos.

Decía Stephen Hawking que "sólo somos una raza avanzada de primates en un planeta menor de una estrella ordinaria”. Odile Rodríguez de la Fuente, bióloga y naturalista, nos recordaba estos días a James Lovelock, creador de la hipótesis Gaia, hoy bendecida por la ciencia, que visualiza a la Tierra como un sistema autorregulado de vida. Nosotros, haciéndonos los locos, seguimos talando bosques, emitiendo carbono, contaminando el agua y los suelos… Discutiendo como los dos conejos de la fábula de Tomás Iriarte… Y, de vez en cuando, acojonándonos con microorganismos de nombres tan exóticos como Ébola, Sida o Coronavirus. “Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo”, concluye Iriarte.

A este propósito, si algo dejan meridianamente claro el COVID-19 (que llega sin avisar), el cambio climático (al que se le ve venir como a los hijo-putas, según José Sacristán), Internet, o las mil y una grandes cosas compartidas es que vivimos en un mundo global. Todos los grandes problemas son de todos y cada uno de nosotros. La pandemia, como la radioactividad, el carbono o el plástico, a todos nos atañe.

Quizá por eso no dejan de resultar reduccionistas, tontos y absurdos los llamamientos, explícitos o soterrados, al patriotismo, no exentos de supremacismo humano, como remedio contra la epidemia. La concurrencia entre países y paisitos, para ver quién la dice o la hace más gorda. Y, claro, cuando se salga de ella (si se sale) no habremos aprendido la lección, sino todo lo contrario. Nos seguiremos creyendo más que nunca los reyes del mambo. 

A problemas globales, soluciones globales. Nuestro destronamiento definitivo como reyes de la creación pasa por una urgente gobernanza mundial. Por un federalismo planetario, articulado como se quiera o se pueda, pero capaz de acordar actuaciones comunes. Resulta llamativo el silencio de las Naciones Unidas cuando medio mundo cierra fronteras, que es como poner puertas al campo. Y también, desde luego, la ruindad colateral de ponerse a marcar paquete identitario, en medio de la zozobra.

Entonces llegó el virus y mando parar”, dice El Roto, rememorando aquello de Carlos Puebla, referido a Fidel Castro. A ver si vamos siendo capaces de tomar nota. Si no, que la Estrella de la Muerte haga su higiénico trabajo, como sostienen los apocalípticos. Nada ni nadie nos echaría en falta.