Ha sido votar contra las cuentas del presidente Oriol Junqueras y comenzar a temblar Cataluña. De acuerdo, sólo ha temblado la Garrotxa, el Pla de l'Estany y la pequeña patria de Carles Puigdemont, ahora también guitarrista ocasional de Sopa de Cabra, pero la cosa es preocupante porque tenemos tres meses más para ir encadenando réplicas chungas mientras esperamos a que llegue la independencia o las elecciones anticipadas. Que vayan jugando con fuego los inconscientes cuperos. Este temblor post-presupuesto interruptus es un claro indicio que en el infierno catalán ya tienen preparadas las ollas donde se cocinará a la CUP en un fricandó interminable.

Hemos vuelto a vivir una semana de infarto, de carreras en el Parlamento y lágrimas y nervios en los despachos oficiales y en los medios del régimen. En las filas independentistas se han producido algunos episodios de enajenación mental transitoria con descalificaciones personales incluidas. En fin, un espectáculo vergonzoso que dice muy poco del talante democrático de algunos patriotas y mucho de su mala baba. Acostumbrados a destrozar a todo aquel que se niega a rendirles vasallaje incondicionalmente, han empezado la escabechina. Exterminar al adversario es el recurso más habitual cuando fracasa la estrategia de comprar su sumisión.

Seguramente, las amigas farmacéuticas de la monja Forcades son las que más provecho han sacado de este estado de histeria colectiva por el ultraje a la memoria de Artur Mas santo y mártir gracias al aumento de la venta de ansiolíticos. Supongo que también deben de estar haciendo el agosto los psicólogos ante el creciente desdoblamiento de la personalidad que están experimentando convergentes y cuperos. Los unos porque un día son independentistas y al día siguiente se arrepienten, y los otros porque de tanto votar han acabado olvidando que un partido anticapitalista no puede apoyar nunca a un gobierno neoliberal.

Pero por suerte la sangre no acaba nunca de llegar al río en la pequeña patria catalana. Nos odiamos a muerte un rato, pero después el mago Puigdemont se saca de la chistera una cuestión de confianza para no tener que dimitir y todos aplaudimos la idea y volvemos a guardar el genio en la lámpara hasta la próxima bronca. El actual escenario es perfecto para seguir entreteniendo al personal: ahora vienen la Eurocopa y las erecciones españolas, después las vacaciones de verano y al final la exaltación patriótica de la Diada para coger fuerzas de cara a las próximas elecciones catalanas.

En mi caso, el primer reto a superar para llegar sana y salva a las pegajosas vacaciones de agosto son los comicios del 26-J porque la exaltación chovinista futbolera no me parece propia de mi especie. Afronto estas erecciones españolas bastante destrempada y con una cierta rabia porque se me han acabado los ansiolíticos y esto de ver el buzón lleno de propaganda con caras sonrientes me saca de quicio. Todo el mundo sonríe sea del partido que sea, como si la crisis y las desigualdades en este país de pacotilla fueran un espejismo.

Sonríe Rajoy, sonríe Sánchez, sonríe Iglesias y sonríe Rivera. Y todas las sonrisas son igual de falsas. Todos sonrientes y enseñando los dientes blanqueados con Photoshop como si el 26-J no fuese el ejemplo más claro de su fracaso como políticos. Supongo que ellos deben pensar que la culpa es nuestra por habernos creído que la democracia era pluralismo, negociación y respeto a la diferencia. Y tienen razón. Somos tan desmemoriados que hemos olvidado la monumental tomadura de pelo de estos meses y volvemos a preparar la tarjeta censal para no olvidarnos del número de la mesa electoral.

Por suerte todavía hay motivo para la esperanza. Según el bombardeo de encuestas, la venganza del elector ante tanta incompetencia se perfila en dos formas muy claras: o votar lo mismo o votar diferente, pero siempre tapándonos la nariz para evitar respirar la peste a pescado podrido. Resultados diferentes para repetir el mismo escenario absurdo de desgobierno o de gran pacto dictatorial entre PP y PSOE. Por supuesto, también tenemos la opción democrática de no votar a nadie y morir del mismo mal, pero con la conciencia tranquila y la pituitaria indemne. Y sobre todo no olviden sonreír.