Refugiados, menores no acompañados, migrantes que llegan en pateras por costas, inmigrantes que saltan la valla por la Frontera Sur…

Venezuela, Rusia, Sudán del Sur, Colombia, Nigeria, Nicaragua, Honduras, Afganistán, República Centro Africana, Yemen, Marruecos, Argelia…

El fenómeno migratorio está azotando Europa, y a España especialmente. Este verano se produjo una entrada importante de personas por la Frontera Sur. A esto se suma la cantidad de solicitantes de asilo de múltiples países que están llegando a España y la arribada incesante y cada vez más numerosa de menores no acompañados (los conocidos como MENA)​.

Muchas de ellas personas en situación de vulnerabilidad, que huyen de sus países buscando una vida mejor para ellas, y para sus familias. Se calcula que el año 2017 hubo 16,2 millones de nuevos desplazados, lo que supone 44.400 desplazamientos nuevos cada día. Según la Agencia de Refugiados de Naciones Unidas (ACNUR) cada dos segundos una persona es obligada a huir de su hogar.

El cierre de las rutas que se venían utilizando para alcanzar Europa ha producido una mayor entrada por España. Pero es importante destacar que muchos de estos migrantes no llegan por puestos no habilitados - saltando la valla o en patera, por ejemplo - sino que acceden por los aeropuertos, como el de Barajas o el Prat. Se hace necesaria esta aclaración por la frecuente deformación de la realidad por parte de los medios de comunicación en aras de creación de una alerta falsa respecto de la magnitud o las causas de los fenómenos migratorios. Como es el caso de la Caravana Migrante de Honduras hacia Estados Unidos: las imágenes que nos muestran estos días las televisiones sobre los flujos de migrantes desde Centroamérica a EEUU no son una novedad.

Lo que sí es alarmante es la respuesta que se está dando. Es bien conocida la postura del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, respecto de la inmigración irregular. Cada nuevo anuncio parece transgredir un nuevo límite. El último: sugiere su deseo de denegar la entrada incluso a los solicitantes de asilo centroamericanos por “seguridad nacional”. Esto es de una enorme gravedad teniendo en cuenta los motivos por los cuales cientos de miles de personas procedentes del Triángulo Norte se desplazan de sus hogares. La violencia que sufre esta zona desde hace más de 20 años es innegable. Aunque las conocidas maras no se englobaron en un principio en la Convención del Estatuto de los Refugiados (Declaración de Ginebra de 1951), con el paso del tiempo ACNUR ha adoptado un posicionamiento que sí considera a las víctimas de estas bandas como potenciales refugiadas en el caso de algunos países, como Honduras y El Salvador.

Y es que la realidad va modificando la legislación. Un ejemplo de ello tuvo lugar el año 2009 cuando España incluyó el género como motivo de asilo, que hasta entonces no estaba explícitamente recogido.

Otras causas que no están reconocidas hasta el momento para obtener el asilo y que generan desplazamientos importantes de personas son las medioambientales y la pobreza. Los llamados “países empobrecidos” producen grandes flujos de migrantes cada segundo. Según el Índice Global del Hambre “los países con mayor índice de hambre en 2018 también son lugares afectados por conflictos y desplazamientos de la población”. Argumenta que el hambre es a la vez causa y consecuencia de las migraciones.

Frente a la diversidad de causas que producen los desplazamientos – se calculan 68,5 millones de personas desplazadas por la fuerza – y la dureza de las consecuencias de muchos de ellos, se hace necesaria la asunción de responsabilidad de quiénes pueden influir en las mismas. Desde que los Estados dejaran de vender armas a los países en conflicto (España es el cuarto vendedor de armas en el mundo a Arabia Saudí, sólo por detrás de Estados Unidos, Reino Unido y Francia), que Europa flexibilizara las normativas que conceden el asilo incluyendo otras causas que producen los desplazamientos forzados, que los gobiernos aumentaran la cuota de resoluciones favorables, que las empresas dejaran de explotar los recursos de países del sur empobreciendo a su población, hasta que la sociedad civil tuviéramos más conciencia de los productos y servicios que consumimos y que aumentaran las personas que apoyan a las organizaciones que trabajan no por sólo por solidaridad, sino también (y principalmente) por justicia.