Hace menos de dos años, un amigo me invitó a colaborar en una página cuyo nombre no recuerdo muy bien, pero era algo así como Ressenyes en català, dedicada a esto, a publicar reseñas de libros. Acepté y me publicaron una, sobre un autor rumano. Pocos días más tarde, el administrador de la página cambió la imagen de la web: donde había la fotografía de unos libros abiertos apareció el rostro de Puigdemont con bufanda amarilla y haciendo una peineta. Escribí al administrador quejándome de esta imagen, y le expuse que no me sentía representado con su elección. El administrador me respondió en tono airado, diciéndome que era libre de abandonar la página, cosa que hice. Entonces me puse en contacto con el amigo que me había invitado a colaborar y le expliqué el caso. Él se lo pensó un rato y después sentenció: "Quizás no está bien, peroclaro, con todo lo que está pasando ... lo tendrías que comprender". El deber con la patria.

Dudé entre protestar y divulgar el incidente, pero decidí dejarlo aquí y callé. Intento recordar cuántas veces me ha pasado esto. Recuerdo la época, hace quizás ya treinta años, en que no había acto cultural o folclórico que no acabara con los asistentes en pie entonando Els Segadors. No canté nunca el himno (nunca he conseguido aprenderme la letra), y permanecía en silencio preguntándome el porqué de este himno tan pesado, tan guerrero. Pero me lo preguntaba a mí mismo, sin expresarlo nunca. Pensaba que mi pregunta ofendería a tanta gente que participaba de aquella belicosa liturgia patriótica, pero algo me chirriaba: por un lado, sabía que muchos de ellos eran personas racionales y sensatas, más cercanas a los valores de la ilustración que a los excesos románticos. Por otro lado, siempre acababa con dudas morales: ¿Tengo que protestar? ¿Por qué callo? Y me llevaba a casa la sensación desagradable de no haber hecho (dicho) lo que me parecía correcto. Transigí. Transigimos unos cuántos, quizás muchos, callamos. Y si hubiera dicho algo estoy convencido que me habrían respondido como mi amigo: "Lo tendrías que comprender". Transigí y ahora me hace daño porque de aquellas renuncias vienen estos lodos. Poca autoridad moral le queda a quien, después de haber tolerado y callado, de repente descubre que se dejó someter. Ahora ya es tarde.

Participé y en cierto modo disfruté de círculos culturales varios (a pesar de que sería más apropiado hablar de cultureta que de cultura). Sin preguntármelo, me incluían en un tipo de club de elegidos, y por el hecho de escribir y publicar en catalán me consideraban no sólo uno de los suyos, sino también un activista convencido, indudable. Y yo me callaba. Una vez oí decir que éramos "guerreros de la lengua catalana". La mayoría se consideraban a ellos mismos guerreros por no decir héroes de una guerra poco menos que santa, y tengo la impresión que gran cantidad de producciones literarias en catalán obedecen al objetivo de hacer país mucho más que al de hacer literatura. Y así nos va, cada vez más insignificantes y residuales.

Con los años, de mi silencio nació el terreno franco para el griterío actual. De un himno como aquel sólo se desprende tribalismo agresivo e incluso algunas declaraciones de las autoridades autonómicas sólo parecen glosar Els Segadors. Terenci Moix hizo un retrato sarcástico y cruel de la cosa cultural catalana en El sexo de los ángeles, en 1992, donde se expone el control tácito del nacionalismo sobre la producción cultural, con los resultados nefastos que todos conocemos. Moix, a su manera, denunció la creación de esto que ahora llaman el marco mental, pero decidió aislarse para protegerse sin duda, y se refugió en su castillo, lo cual me parece una buena opción. Elegante, al menos. Moix, al menos, no calló.

Hace algún tiempo, ya en plena oleada secesionista, participé en un encuentro literario sobre literatura de género y comenté que la ausencia de autores y obras en castellano empobrecía el debate. Lo dije medio temeroso o avergonzado de mi idea. Me respondieron que con lo catalán nos bastábamos, aunque, más tarde y en secreto, me dieron otra explicación: si lo hacemos bilingüe nos quedaremos sin subvención. Callé otra vez.