Nadie quiere vivir mal pero a menudo es imposible evitarlo: desgracias, imprevistos, malas noticias, tormentas. Hay un montón de males que nos sobrevuelan. Una mala coyuntura cuyo origen es lejano o desconocido nos puede dejar enfermos, pobres, desahuciados. Contra eso no podemos hacer casi nada. Quizás algo de prevención. Son los males que debemos aceptar por estar vivos.

Pero no deberíamos aceptar chantajes, abusos ni amenazas. No debemos agachar la cabeza ante el miedo de los que quieren infundirlo. Ese tipo de males no provienen de la naturaleza ni del azar. Lo dijeron antiguos pensadores griegos pero debemos repetirlo.

Lo que nos sucede, en Cataluña, es que llevamos demasiado tiempo aceptando la estrategia de algunos, que consiste en hacernos vivir mal para colmar su ansia de poder. El mal vivir ajeno (el nuestro) es su apuesta, de la que esperan sacar buenos réditos. Me dirán que esa gente son ridículos aficionados a revoluciones de juguete y su líder un cobarde, un orate que huyó en el maletero de un coche. Es verdad. Pero hay más verdades.

Las demás verdades deben exponerse sin miedo. Debo empezar por mi relato. Llevo los últimos 5 o 6 años sufriendo un síndrome calamitoso: cada cosa que veo, que leo o que sueño provoca que se me aparezca el espectro del patriotismo: es mi pesadilla recurrente. Hace unos días vi la película "Stephen Zweig. Adiós a Europa". Me pasé más de media cinta viendo las coincidencias del proceso catalán con lo que se cuenta, incapaz de concentrarme en el asunto del film. Un ejemplo: en 1939, el escritor alemán nazi Walter Julius Bloem afirmó que América la descubrió un alemán. Bloem fue aplaudido por los suyos. Aquí son más de dos quienes afirman que América fue descubierta por un catalán.

Empiezo a sentirme como un Quijote, enloqueciendo por el nacionalismo de mis compatriotas. Veo al lacito amarillo asomando por todas partes, como en la edad media veían las huellas de Satanás. Eso pasa factura. Van seis años sufriendo somatizaciones: dolores musculares, infecciones respiratorias. Quizás la edad cuenta, claro, pero yo sé que esos males tienen que ver con el malvivir cotidiano que me dan los patriotas. Los que aman a Cataluña por encima de todo. Esta gente nos da, a los catalanes, el mismo malvivir que el marido maltratador le da a su amada: el argumento es el mismo (te quiero más que nadie). La conducta, la misma: maltrato. Porqué te quiero te maltrato. Mejor arrasada que española.

 

Crecí creyendo que Cataluña era un lugar no muy bueno para vivir pero por lo menos pacífico, moderadamente inculto, soportablemente mediocre, medianamente nacionalcatólico. Pero, en muy poco tiempo, Cataluña ha devenido un lugar agresivo e inmoderado en la mediocridad y la incultura. Profundamente nacionalcatólico y muy de derechas (gracias a esa nueva ultraderecha nacionalpopulista de Puigdemont). Ahora es un mal lugar. Lo que sentí que era comedia ahora es drama con voluntad de tragedia. Hasta hace poco, Cataluña defendía conceptos casi ridículos (nación milenaria, tierra de acogida, de consensos, de convivencia). Hoy, esa misma Cataluña se jacta de haber dinamitado los eslóganes de la convivencia para abrazar un lenguaje bélico espeluznante: resistencia, no pasarán, o terra o guerra, comités de defensa, república o nada. Patria o nada, patria o muerte.

Malvivir. Hasta hoy solo me he visto aquejado por infecciones respiratorias y por dolores ciáticos que la medicina pública me ha resuelto. Males menores. Pero luego está la sensación de vivir mal que flota ahí, pájaro de premonición nefasta.

A veces, en el duermevela, me veo con una maletita cruzando fronteras hacia un país en paz que está ahí pero donde no lo sé. El abuelo cruzó una frontera por culpa de unos patriotas. Poco más tarde murió en un campo de refugiados. ¿Como no sentir el aliento del terror cuando uno ve a los patriotas vociferando, agitando banderas?.

Y, soslayando si el malvivir puede tomar la forma de un tumor en el futuro (algo que no se puede afirmar científicamente) no olvidaré que, siendo la vida tan breve y tan leve, me hayan dado tantos años de malvivir solo para sentirse realizados. Solo para sentir que son importantes y alguien, que forman parte de algo que justifica sus vidas. Sus vidas en una tribu de maltratadores.