¿Es verdaderamente pacifista el movimiento independentista catalán? Sí y no. Un 99,99% de la gente que ha protagonizado las masivas movilizaciones soberanistas desde el año 2012 es obvio que son personas de buen corazón y que están movidas por ideales y sentimientos patrióticos que consideran honrados y no-violentos. 

Pero no todo el mundo es igual ni siempre ha sido así. Hay una pequeña parte del independentismo que, desde el complot de Prats de Molló (1926), ha flirteado y ha caído en la violencia. Los movimientos nacionalistas europeos que, a partir de los años 60 del siglo pasado, practicaron la lucha armada -en Irlanda del Norte, en el País Vasco, en Córcega, en Bretaña...- también tuvieron su expresión en Cataluña, en especial con la organización Terra Lliure (1978-91). Y se ha dado el caso de muchos independentistas catalanes que, desde los años 70, colaboraron y participaron en atentados de los comandos de ETA

El grupo más mortífero -y, a la vez, misterioso- del independentismo violento es el llamado Ejército Popular Catalán (EPOCA), que actuó durante la convulsa transición postfranquista. A esta organización terrorista se le atribuyeron los asesinatos del empresario Josep Maria Bultó (1977) y del exalcalde de Barcelona, Joaquín Viola Sauret (1978), con el sistema de un pequeño artefacto explosivo adosado al pecho de las víctimas, que nunca había sido utilizado antes y que nunca más fue utilizado después. 

Aunque la autoría material de estos asesinatos quedó policialmente cerrada con la detención y condena de los principales miembros de EPOCA (Antoní Massaguer, Carles Sastre, Montserrat Tarragó, Xavier Barberà, Josep Lluís Pérez, Ferran Jabardo, Lluís Montserrat...), nunca ha quedado acreditado quién había, realmente, detrás de este grupo terrorista.

El industrial Jaume Martínez Vendrell, el profesor Josep Maria Batista i Roca, el pintor Manuel Viusà y el suizo Erns Jakob Spoerri fueron señalados como cerebros de esta estructura militar, pero no tenían suficiente peso específico para planificar y llevar a cabo unas operaciones de exterminio de tamaña sofisticación y envergadura. 

Los asesinatos de Josep Maria Bultó, que entonces era el presidente de la química Cros SA, y de Joaquín Viola Sauret, que desarrollaba grandes proyectos de regadío en las comarcas de Lleida, no fueron al azar. En la elección de los dos objetivos de EPOCA había una evidente inteligencia estratégica superior que nunca ha sido identificada. Los importantísimos intereses económicos y empresariales que representaban estas dos víctimas –que entraban en colisión con otros grandes intereses financieros y políticos de Cataluña- es una pista evidente que nunca ha sido consumada. 

El independentismo violento también tiene su X en su organigrama de mando, aunque Carles Puigdemont no lo quiera admitir. Por cierto, el ex presidente de la Generalitat ya protagonizó una espantá en 1992 –residiendo una larga temporada en el extranjero-, cuando el juez Baltasar Garzón, en vigilias de los Juegos Olímpicos, desató una amplia ratzia contra supuestos miembros de Terra Lliure. Carles Puigdemont, aunque era militante de CDC, formaba parte entonces de los círculos independentistas radicales de Girona y optó para desaparecer unos cuantos meses del radar judicial y policial por miedo a verse involucrado. 

De Antoní Massaguer, uno de los detenidos por el asesinato de Josep Maria Bultó, es el eslogan “¡Ir, ir e ir!” (“Anar-hi, anar-hi i anar-hi!”) para definir la praxis del independentismo violento. Esta consigna fue asumida también por los militantes de Terra Lliure y por sus círculos de influencia política, que se han mantenido activos hasta hoy. Ahora, hay CDR’s que han caído bajo la atracción fatal del “Ir, ir e ir!”. 

¿Ir a dónde? Indefectiblemente, a la cárcel.