España es el décimo país más ruidoso del mundo. Así lo explica la empresa Mimi, especializada en audición, en el informe "How the World Hears" de 2019. Se encuentra por debajo sólo de países como India, Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Israel, Brasil, Ucrania, Taiwán, Italia y Bulgaria. De hecho, no es nueva ni ignorada la reputación vocifera española; cuando viajas, es fácil discernir un turista de aquí del resto gracias a los decibelios que emite. La fama baladrera ha irrumpido con fuerza en el Congreso de los diputados, en Madrid. Si bien es cierto que ha habido periodos convulsos en la historia parlamentaria de este país (el socialismo fustigó Suárez hasta hacerlo saltar de la butaca, o el famoso "Váyase señor González" de Aznar, son ejemplos), no lo es menos que el grado de griterío e incivilidad ha crecido recientemente de manera extraordinaria.

La investidura de Pedro Sánchez fue muy rocosa, de las que más. Aunque el audio y la realización televisiva tienden siempre a minimizar los aspavientos, los telespectadores pudieron captar la aspereza del debate. El tridente de la derecha, que nunca ha entendido las bondades de la alternancia, protagonizó los momentos más histriónicos de las sesiones. La bancada diestra, formada por el PP, Vox y Cs, vive momentos de rivalidad convulsa; la irrupción de Vox ha movido las placas tectónicas de la superficie política y la derecha se ha situado hacia su extremo. El líder del PP, Pablo Casado, que en su momento irrumpió en política con un discurso muy similar al de Vox, para luego moderarse y afrontar con bastante éxito las últimas elecciones generales, ahora vuelve a posiciones extremas; para entendernos, Casado recupera la doctrina Cayetana y se aleja de la de Feijóo.

Curiosamente, fue un grupo de diputados de extrema izquierda los que, durante la Segunda República Española, acuñaron un epíteto que dura hasta la actualidad: el de los jabalíes, referido a los diputados encargados de montar bronca. Recibieron este nombre después de un discurso pronunciado por José Ortega y Gasset el 30 de julio de 1931 en el que afirmaba que "es de plena evidencia que hay, sobre todo, tres cosas que no podemos venir a hacer aquí (refiriéndose al Congreso y a los diputados): ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí". Casi noventa años después, los jabalíes, que basan su discurso en la demagogia, siguen bastante vigentes, ahora ya más posicionados al extremo derecho de la política española, y en la investidura de Sánchez chillaron, insultaron y amenazaron sin ruborizarse. No son todos, pero hacen mucho ruido. Lo decía José de San Martín, conjuntamente con Simón Bolívar uno de los liberadores más destacados de la colonización española en América del Sur: "Hace más ruido un solo hombre gritando que cien mil callados".

Sánchez, con la colaboración de Podemos, ha montado un débil castillo de naipes, que la derecha quiere tumbar con los soplidos que hagan falta. Así, que se prepare la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, porque en su papel moderador deberá aguantar carros y carretas. La derecha chillará hasta recuperar el poder o hasta la afonía, veremos; con 'fake news', discursos 'guerracivilistas', insultos o lo que haga falta, intentarán recuperar un poder que, según ellos, sólo es legítimo si lo ocupan ellos. Por otra parte, dominando como dominan la justicia -esto ya ha quedado suficientemente claro ...-, coserán a querellas el nuevo gobierno hasta trabarlo.