La Unión Europea (UE) tiene una finalidad y un destino: la vertebración de los Estados Unidos de Europa (EUE) como actor geoeconómico y geopolítico de primer orden en el mundo global del siglo XXI. Ante realidades consolidadas como China (1.400 millones de habitantes), India (1.350 millones) o los Estados Unidos de América (330 millones), los países europeos solo tenemos un futuro posible y racional: la plena integración de los 500 millones de habitantes que formamos parte de los 28 Estados de la UE, con el horizonte puesto en la progresiva incorporación de los países de los Balcanes que todavía no forman parte (Serbia, Bosnia-Herzegovina, Albania, Montenegro y Kosovo) y, más adelante, de Ucrania, Macedonia, Moldavia, Noruega, Andorra... 

El Viejo Continente, cargado de historia y de conflictos catastróficos y sangrientos, no puede perder de vista ni difuminar el proyecto de los padres fundadores de la primigenia Comunidad Europea (Jean Monnet, Robert Schuman, Alcide de Gaspari...). A las actuales generaciones de europeos nos toca profundizar, ensanchar y culminar este bello sueño surgido de las cenizas de la terrorífica II Guerra Mundial

Construir el edificio de la UE y de los futuros EUE es una tarea colosal, lenta y laboriosa. Buena prueba de ello es que los cimientos datan de hace más de 70 años y la casa todavía está a medias. Entre otras anomalías democráticas, los eurodiputados que escogeremos el próximo día 26 todavía no tienen la potestad de elegir el presidente de la Comisión Europea, el gobierno de la UE. 

Estamos en camino de conseguir el objetivo de compactar un nuevo actor global y, en paralelo, asistimos a la resurrección de antiguas naciones medievales que quedaron engullidas por los Estados modernos y que reclaman su derecho a la independencia. El caso más notorio es, actualmente, Cataluña –como hace unos años lo fue Euskadi– y al carro también se apuntan Córcega, Cerdeña, el Alto Adigio, el Véneto... 

Lo siento mucho por los independentistas, pero la inercia de la reivindicación nacionalista, una herencia del siglo XIX, los ha llevado a un cul-de-sac. Europa no avanzará con la desintegración de los Estados miembros. Al contrario, esto provocaría su autodestrucción y su decadencia, como pudimos constatar en la ex-Yugoslavia y podemos ver hoy en el Reino Unido del Brexit, con Escocia y Gales sumándose al caos causado por el referéndum convocado por David Cameron

Los independentistas no entienden y no quieren aceptar que los Estados miembros de la UE son los ladrillos imprescindibles con los cuales levantamos la titánica obra de construir un espacio de libertades, tolerancia y progreso económico en este mundo diezmado por la miseria y las injusticias. Los Estados europeos del siglo XXI no son los del siglo XIX, que acabaron chocando en una cadena de trágicos conflictos bélicos. Hoy son estructuras sólidas y frías, con muchas competencias transferidas a las instituciones europeas, que garantizan el ensamblaje y sintetización de este puzzle multilingüe y multicultural que es Europa. 

La política no es un juego de emociones. Administrar y gestionar el bien común requiere mucha inteligencia, racionalidad y ponderación. Interpretar las elecciones de este 26-M en clave nacionalista cuando lo que estamos haciendo es la construcción de los Estados Unidos de Europa es un error conceptual y estratégico de bulto. Los árboles no nos dejan ver el bosque.