Probablemente el periodista tenía razón cuando explicaba la indefensión que sintió al ser multado por una infracción que no había cometido. A mí me pasó una cosa similar cuando recibí una sanción por haberme saltado un semáforo en ámbar un día entre semana a una hora que estaba en el trabajo. De nada sirvió recurrir la denuncia con un montón de pruebas para documentar que el don de la ubicuidad me ha sido negado por los dioses. El Ayuntamiento de Barcelona considera que la palabra de un guardia urbano vale más que la de un ciudadano cualquiera y tuve que pagar la multa. Poco después la grúa se llevó el coche de una calle donde se podía aparcar los sábados y, en un gesto de generosidad que les honra, me perdonaron la multa.

Lo que me sorprende de este caso es que el regidor Ciurana haya planteado llevar el presunto abuso policial al pleno municipal para reprobar por enésima vez a la hAda Colau. No sé si la alcaldesa aprovecha sus horas libres para dedicarse a poner multas a diestro y siniestro, que también podría ser porque es hiperactiva. Solo sé que si Joaquim Forn no estuviese encarcelado le podría explicar mejor a su desorientado compañero de partido que los agentes no multan al dictado del alcalde de turno, pero igual Ciurana ya lo sabe y lo único que quiere es añadir más leña al fuego. Porque cuando un político no tiene argumentos contra el adversario, escoger la carta del juego sucio dice mucho de su falta de escrúpulos. Suerte que se va.

El ambiente de locura colectiva que respiramos desde la barbacoa del 9-N nos está pasando factura. Prueba de ello es que todavía no ha empezado legalmente la campaña del 26-M y los alcaldables barceloneses ya han iniciado una enloquecida carrera para ver quién la dice y la hace más gorda. No comentaré la opa hostil que los republicanos han hecho al sector soberanista de BComú con el fichaje de tránsfugas porque eso es lo que buscaba Tete Maragall cuando decía que quería gobernar Barcelona con los comunes. Ahora prefiero disfrutar de la estupefacción que me provocan las estrafalarias propuestas de los candidatos y confiar en que sean cada vez más delirantes porque el poder sin imaginación no tiene ninguna gracia.

El pistoletazo de salida lo ha dado el alcaldable Collboni al proponer celebrar una Exposición Universal el año 2030. El candidato del PSC ha explicado en una conferencia en el Círculo Ecuestre que quiere dejar un legado a la ciudad como hicieron sus predecesores Maragall y Clos con los polémicos Juegos Olímpicos y el fallido Fórum de las Culturas, y que para eso abrirá un proceso participativo para “unir de nuevo a los barceloneses con un reto común”. El evento se haría en el sector norte del 22@, un territorio que todavía no ha caído del todo bajo las garras de la especulación. Lo tiene todo tan ligado el nostálgico candidato que no hará falta hacer en el proyecto una inversión millonaria, sino solo un “esfuerzo de sinergias” públicas y privadas. La política es eufemismo y el resto son tonterías.

El siguiente en apuntarse a las boutades electorales ha sido el ciudadano Valls. El azote de inmigrantes y pobres quiere organizar unas olimpiadas en el 2032, según ha explicado en una comida en la Cámara de Comercio. Después de la cagada monumental de reivindicar un aeropuerto que opere las 24 horas cuando ya lo tenemos, Valls tenía que sacarse rápido de la chistera otro conejo capaz de dejarnos a todos con la boca abierta. Con la idea de una exposición universal descartada, solo quedaba en el catálogo de propuestas absurdas repetir unos juegos olímpicos. Dice el alcaldable naranja que cuando gobierne Barcelona con mano de hierro hablará con el COI y yo le respondo que no me esperaba tan poca imaginación por su parte.

De momento, el premio a la barbaridad más gorda se lo lleva un tal Jacobi. No es nueva su propuesta de construir una isla artificial delante de Barcelona para llenarla de pisos. Lo que es nuevo es que tenga la forma del nombre de la ciudad para que se vea desde el cielo “y se convierta en un símbolo de la Marca Barcelona”. Dice este esperpéntico personaje que los barceloneses no nos merecemos que ya tiene el aval de un promotor visionario y que así acabará con el grave problema de la vivienda. Preparémonos porque quedan dos meses para el 26-M y lo mejor está por venir.