Me gusta recordar una frase del presidente Josep Tarradellas, que seguramente pronunció desde el background político y/o intuyendo la tendencia histriónica de algunos dirigentes del país: "En política se puede hacer todo, menos el ridículo". Resume mucho y bien el estado actual de la cuestión o, como titularía Quim Monzó, la magnitud de la tragedia. Salvando las distancias, también Napoleón Bonaparte lo explicó muy bien: "De lo sublime a lo ridículo no hay un paso". El actual sucesor de Tarradellas, el presidente Quim Torra ha dado el paso, no al lado como en su día hizo a regañadientes el presidente Artur Mas, sino adelante, quizá buscando lo sublime, pero de cabeza al precipicio de lo ridículo. Dicen algunas crónicas que los políticos han tirado de soluciones imaginativas para burlar el veto de la Junta Electoral a los lazos amarillos, tiembla.

Torra empieza a hacer el ridículo cuando le endosa el problema de los lazos al Síndic de Greuges Rafael Ribó, más y sabiendo la respuesta de anticipo. Aquí, tiene razón Inés Arrimadas cuando le dice al presidente que no se esconda detrás del Síndic. Cuando la Junta Electoral exige la retirada de los lazos amarillos de los edificios públicos, Torra tiene dos opciones: negarse en redondo o sacarlos. El presidente se inventa un camino del medio: lo que diga el Síndic, sabiendo que el Síndic dirá que hay que sacar los lazos de "forma excepcional", hasta después de este largo período electoral (26-M). Darle la culpa al Síndic, cuando la responsabilidad es del presidente es, cuanto menos, una estrategia infantil y reprobable.

Como decía el Súper Ratón, "No se vayan todavía amigos... Aún hay más". Torra, no contento con el doble salto mortal del Síndic, decide darle otro giro de tuerca al proceso y tirar de soluciones imaginativas, ay… Así, el hombre ha cambiado el color del lazo, de amarillo a blanco, de la pancarta que pide la libertad de los presos políticos y que está colgada en el balcón de la Generalidad. Sólo hay que ver la cara de estupefacción de la parroquia al observar la osadía... Salvando las distancias, recuerda cuando el presidente Carles Puigdemont declaró la independencia, para suspenderla ipso facto, sin tiempo de saborearla. Como los clavos, un ridículo saca otro ridículo. De verdad, ¿no habría sido más fácil plantarse en un principio, dejando ondear los lazos amarillos al viento y asumiendo las repercusiones que se deriven? O, si se quiere, acatar con decisión la voluntad de la Junta Electoral y esperar al deshielo electoral para volver hacer brotar la amarillenta reivindicación. Cualquiera de las dos, menos el ridículo.

Como ya escribí en este mismo espacio, a mí la polémica de los lazos amarillos, como tantas otras obsesiones de la política moderna (?), Me parece del todo desproporcionada. La xantofobia, una curiosa patología que muestra la fobia al color amarillo, o a la palabra "amarillo" y a sus derivados, en el caso que nos ocupa me parece ridícula, como también me lo parece su defensa numantina. Sea como quiera, aún me parece más ridícula la estrategia de esconderse detrás del Síndic y de cambiarle el color al lazo. Puestos a ser imaginativos, yo de Torra tomaría nota de la idea que ha tenido el alcalde del Port de la Selva, Josep Maria Cervera, quien también preside la Asociación de Municipios por la Independencia (AMI), que ha hecho cambiar la pancarta de la fachada del consistorio que apoyaba a los líderes del proceso independentista por otra en la que se puede leer "Libertad peces pacíficos". Amén.