Dice la hAda Colau que ella es la única que puede liderar un gobierno “amplio, transversal, de izquierdas y de políticas valientes” que supere el frentismo político y priorice los acuerdos de ciudad. No sé yo si lo dice en serio porque después de la experiencia de estos cuatro años como alcaldesa, con toda la oposición torpedeando su acción de gobierno, está claro que esto es una entelequia y más con los republicanos echando chispas. El plenario de los comunes ha cerrado filas para que su capitana general presente la candidatura a la alcaldía porque tampoco podía hacer otra cosa. ¿Quién, pudiendo escoger entre mandar y ser mandado, escogería ser mandado? Los comunes pueden ser unos románticos, unos equidistantes e incluso unos indecisos, pero no son tontos. Y si el ciudadano Valls les vota, él sabrá.

En pocos días han pasado de la resignación a la esperanza al contrario que ERCnest Maragall, que no ha tenido problemas en ejercer de alcalde antes de serlo porque a los republicanos siempre les pierde la arrogancia y las prisas. Es lo que tiene de fascinante la política cuando se dejan de lado los principios y se baja a la arena del poder: se vuelve imprevisible aunque los periodistas sean los más damnificados. Da gozo ver reír de nuevo a Janet Sanz porque la noche electoral parecía la Macarena llorando desconsolada por su responsabilidad en la derrota como regidora invisible de Nou Barris. Este sábado habrá fiesta en el Ayuntamiento de Barcelona y el castigo que los comunes sufrieron la noche del 26-M ya no importará tanto porque igual tienen una segunda oportunidad de hacer mejor las cosas.

A pesar de mis recelos a apoyos estrambóticos, no le atribuyo a Colau el maquiavelismo que denuncian los republicanos aunque me consta que es ambiciosa y le gusta estar en todas las salsas. En un gesto que le honra ha admitido la cagada monumental que cometió la noche electoral al tirar la toalla y asumir la derrota prematuramente. “La noche electoral no se hicieron las mismas lecturas, por eso no es pantalla pasada hacer una lectura ahora”, ha declarado recordando ahora sí el empate técnico y la fragmentación del nuevo consistorio. Suerte tenemos los barceloneses de tener políticos tan espabilados como Bomboni, Icetalopeta y Valls, que han hecho una lectura diferente de los resultados y se han apresurado a mostrar a la alcaldesa en funciones su error de pardilla. Les agradezco el asesoramiento.

Colau sigue emperrada en dirigir un gobierno Frankenstein. Dice que no acepta que por culpa del muro infranqueable del 155 no puedan llegar a un acuerdo con ERC y PSC por el bien de Barcelona. Supongo que lo dice para hacer más fácilmente digerible que su reelección está en manos del azote de migrantes pobres francés porque sabe perfectamente que su tripartito soñado es un milagro imposible. Es más, le recomiendo que deje de hacer de abeja Maya y se ponga el casco porque esto no será una legislatura, será una legisladura. No hace falta ser muy espabilada para ver que los republicanos no tendrán misericordia. En el último minuto les ha desmontado el plan para extender y financiar la causa independentista desde Barcelona y se vengarán. De hecho ya están diciendo que no pararán hasta destruir a los comunes.

Espero con impaciencia el espectáculo del sábado. Me sentaré en el sofá a ver cómo acaba este culebrón con palomitas –aunque esté en plena operación biquini- porque la ocasión lo vale. Veo que Bomboni no pierde el tiempo y ya ha exigido un pacto programático antes de la investidura porque los divorcios traumáticos marcan y hace bien de curarse en salud con un acuerdo prematrimonial. Los socialistas barceloneses son gatos viejos y reclaman seguridad, turismo y economía, tres áreas de gobierno que suman más del 50% del poder municipal. Y pienso que si los republicanos no fueran tan impacientes, igual no tendrían que mover un dedo para hundir el nuevo gobierno de Colau. El pez grande siempre se come al pequeño y en este cuento los comunes son las sardinas.