En Cataluña la diglosia es un fenómeno que tiene sus orígenes en la Corona de Aragón tal y como señala Lola Badía en la introducción a la Literatura Medieval (2013). Vila San Juan, en su libro Otra Cataluña. Seis siglos de cultura catalana en castellano (2018) nos acerca a la literatura catalana en castellano de los siglos XV y XVI, cuando Enrique de Vilena, P. Torrellas, F. de Moner y J.Boscán, coexistían con los grandes autores en lengua catalana: R. Muntaner, A. March, B. Metge y J. Martorell. La literatura catalana en catalán de los siglos XVI, XVII y XVIII retrocederá paulatinamente hasta su práctica desaparición. Ciertamente, el catalán se mantendrá como lengua oral entre la población rural, y se dará una progresiva diglosia en la lengua hablada en las ciudades.

Marfany, en su trabajo La llengua maltractada (2001) fundamenta de forma irrefutable, la diglosia de las élites catalanas entre el 1500 y el 1900. En su posterior trabajo Nacionalisme espanyol i catalanitat (2017) establecerá la relación directa entre la revolución liberal y la lengua, cuando en el siglo XIX el castellano se convierte en la lengua de la “nación”, en un proceso diglòsico totalmente endógeno, propulsado enteramente por el entusiasmo del nacionalismo español de la burguesía liberal catalana.

En el periodo de la Mancomunidad presidida por Prat de la Riba, momento de plenitud nacionalista –en este caso catalana-, personajes decisivos en su gestión cultural, como J. Pijoan o E. d’Ors compaginaron sus trabajos literarios en catalán y en castellano. Fue la misma época en la que Joan Montseny, Teresa Mañe y su hija Federica Montseny, publicaron las colecciones de novela popular La Novela Ideal y la Novela Libre con más de seiscientos títulos, todos ellos en castellano. Son los años en los que El Paralelo se convertirá en la avenida del espectáculo, con ofertas tanto en catalán como en castellano.

Anna Cabré en su trabajo “El sistema català de reproducció” nos dice que, la Cataluña de 1980, con el simple juego de la reproducción biológica, hubiese tenido menos de 2.400.000 habitantes, es decir el 60% de la población procedía del resto de las tierras de España, en un proceso, en el que, ni la comunidad receptora ni la comunidad inmigrada se sintieron extranjeros entre sí.  A lo largo del siglo XX la sustitución lingüística de los inmigrantes llegados del resto de España, fue determinante para el fortalecimiento del catalán y el aumento de sus hablantes. 

La política lingüística y la inmersión en la escuela, consensuada en 1983, pretendían evitar la división horizontal en dos comunidades, y la segregación vertical clasista; su objetivo era garantizar la competencia en las dos lenguas. Durante los gobiernos de J. Pujol la praxis no fue acorde a estos objetivos, y la nacionalización lingüística y la ruptura de los consensos quedo reflejada en el estudio de T. Jeffrey Nacionalismo y política lingüística: El Caso de Cataluña (1999) en el que cuestiona “las credenciales democráticas” de la “nation building” y la política lingüística de los gobiernos de J. Pujol. 

Cuando la lengua se convierte en herramienta de demarcación de una identidad comunitaria, podemos hablar de nacionalismo lingüístico, y de utilización de la lengua como arma frente al “otro”. Esto pasa cuando se dice que en Cataluña el español es una lengua impuesta, y que sus hablantes son actores inconscientes de un proceso colonizador.  Cuando este nacionalismo pretende imponer programas monolingües en sociedades bilingües, resulta inevitable la confrontación y la polarización. El manifiesto Koinè es la punta del iceberg de un nacionalismo lingüístico que pretende limitar el uso de la lengua española al ámbito familiar. Exactamente lo mismo que hizo el nacionalismo español de la dictadura de Franco, pero cambiando los protagonistas.  

En España no hay una cultura lingüística que valore el plurilingüismo. A día de hoy, tenemos un nacionalismo español –de lengua dominante-, que no quiere asumir la diversidad lingüística en España y que, considera que el nacionalismo lingüístico es algo que les pasa a “los otros”, mientras que “el nosotros”, sería liberal cívico y sin adscripción identitaria.

Necesitamos consensos políticos y sociales, en la España monolingüe y en sus comunidades bilingües, para una toma de conciencia del valor del plurilingüismo, entendido como una riqueza cultural común que nos permita sacar la lengua de la confrontación identitaria. De eso va el debate propuesto por la Revista Ínsula 871-872 (2019) “Cataluña: dos sistemas literarios, una cultura plural”, del que quisiera destacar dos propuestas: la necesaria imbricación de la cultura catalana escrita en catalán, con la cultura catalana escrita en español, en la línea que ya hace años propuso Josep María Fradera en su libro Cultura nacional en una sociedad dividida (1992);   y la de una visión, culturalmente integrada en sentido federalizante, de las cuatro literaturas de España en una sola historia de la literatura.

Preocupaciones que, en términos políticos conectan con la propuesta de Mercè Vilarrubies i Claudio de Ramón de una Ley de Lenguas que nos permita superar el marco de la Constitución de 1978, que diseñó un mapa de lenguas territorializadas, en el que los hablantes de la lengua matriz española no adquieren consciencia de la necesidad de reconocimiento del multilingüismo de les comunidades bilingües, y que, a su vez, propiciará que los hablantes de las lenguas minoritarias visualicen que su lengua también existe para el Estado. Este nuevo marco legal ha de servir per eliminar la confrontación lingüística i, además, para evitar que el nacionalismo lingüístico catalán se autoerija en el representante que habla en nombre del catalán y de sus hablantes.