"Aquesta gent van contra l’escola catalana, ens volen deixar sense escola i sense Tv3 -me dice, circunspecta, una maestra- Van contra nosaltres".

Soy incapaz de responderle. Se me ocurren demasiadas cosas y estoy seguro de que no acertaría con la respuesta más clara. El uso del nosaltres es, quizás, el elemento que más me inquieta. ¿Quienes son sus nosaltres? ¿El conjunto de los maestros? ¿Los catalanes?.

Por desgracia, es un hecho de sobras conocido que, entre los maestros de Cataluña (en los últimos años, ya que antes eso no era así ni mucho menos) el populismo separatista tiene una gran predicación. Me harté de participar en debates en los que solo se escuchan eslóganes, frases retuiteadas y ningún argumento. De modo que soslayo la conversación con una fórmula educada y me largo. Los dos últimos años he tenido que torear con esa situación centenares de veces, y eso es algo que te podría agotar. Sigo creyendo que trabajamos en educación por y para los alumnos, que lo importante es lo que sucede en el aula, y las únicas cuestiones que me importan son: ¿hay aprendizaje? ¿trabajamos correctamente para la cohesión? ¿la educación pública todavía tiene algo que ver con la igualdad de oportunidades y sobretodo de resultados? Lo demás me aburre, me cansa y me hastía.

Hace poco se convocó una huelga en la administración para protestar contra un juicio. En si mismo, protestar contra un juicio en un estado democrático ya es algo que chirría y que suena mal: nadie protestó contra el juicio de los ERE andaluces, nadie contra el juicio a la trama Gürtel, en donde también se juzgaba a políticos que se saltaron las normas.

Un día hablamos del asunto de la huelga, y una maestra muy independentista dijo, cabizbaja, que no secundaría la huelga porqué su situación económica no se lo permite. En esta ocasión no pude contenerme, y le mostré mi sorpresa ante su falta de coherencia, ese compromiso tan voluble. “Nos quitan mucho dinero por un día de huelga, dijo, y si ese dinero que me quitan se destinase a los políticos presos entonces vale, pero como no es así...”. Me quedé pasmado. Esta vez ya no tuve corazón para responder: me sentí desbordado por todo lo que contenía esa asunción ingenua de algo que es solo una mentira que, sin embargo, tiene un rostro arrogante y desafiante, lleno de grandes frases patrióticas y a la vez victimistas.

La escuela catalana fue, años atrás, un modelo que inspiró la renovación pedagógica en España. Era una escuela moderna, avanzada, democrática, laica y etc. Incluso la formación de los maestros españoles estuvo inspirada en propuestas que salían de Cataluña. Luego vino el declive. Cataluña ya no es ningún modelo a tener en cuenta: aparte de ser la comunidad autónoma que sufrió los recortes presupuestarios en educación pública más atroces durante los años del fuego, ya no se distingue por encima del resto. Valga un ejemplo que solo es anécdota: la consejera de educación que perpetró aquellos recortes solo produjo una propuesta relevante a lo largo de su mandato: que los alumnos vayan uniformados o, por lo menos, con una bata reglamentaria. La Consejera se sentía escandalizada por el uso de ciertas prendas de vestir, especialmente referidas a las alumnas. Recortes y decoro. Recortes y moral puritana. Si los pobres son pobres allá ellos, parecía decir, pero que vayan decentes.

Cada vez que alguien cuestiona el modelo de la escuela catalana (el modelo lingüístico, no el de la vestimenta), sale alguien airado contando que ese es un modelo de éxito y que, por consiguiente, no se toca. Lo peor del asunto es que el “modelo de éxito” solo lo avala la misma administración que promueve el modelo. Que yo sepa, Harvard no se ha pronunciado jamás sobre el éxito del modelo lingüístico catalán. Tampoco existe ley española alguna que limite el modelo lingüístico de la escuela catalana, aunque va siendo hora de que sea bien analizado, porqué creo que aquí si hay debate en términos racionales, un debate que debe incluir lo dicho: cohesión social e igualdad de resultados: ya vale de quedarse con la igualdad de oportunidades. Aquí hay debate, y ese debate es improrrogable.