Las emociones están servidas y los sustos también. La política catalana continúa pareciendo, cada día más, una atracción de feria de fiesta mayor, una montaña rusa de fuertes pendientes con aceleraciones y frenadas, vértigos, volteretas, musica estridente y viento de cola. En la política catalana -en la española también- todo el mundo minimiza sus problemas y dificultades para lucir los aciertos. Es lógico que así sea. Forma parte de los rituales a los que nos tienen acostumbrados los portavoces de los partidos y los medios. Pero, este año, lo cierto es que todo el mundo tiene heridas que curar y estragos para esconder.

Los socialistas, por ejemplo, han conquistado Sabadell pero han perdido Lleida,Terrassa y algunas ciudades más. Los de Junqueras han vencido en Barcelona pero han perdido su pulso europeo con Puigdemont, a la vez que, Forn y Artadi, obtenían sólo cinco concejales en la capital del país. La derrota de los comunes y la desaparición en combate de las CUP, o del PP, son también fenómenos que contribuyen a dibujar un escenario tan contradictorio como imprevisible. De cómo se resuelva el encaje de Podemos y Cs en el ámbito político español dependerán muchos posicionamientos en Catalunya. También da pie para la reflexión el descenso de concejales independentistas y el fracaso de la ANC y deGraupera en Barcelona...

Después de las últimas elecciones, municipales y europeas, hay que decir que el mapa político catalán está en plena recomposición y promete no defraudar a los amantes de las emociones fuertes. De sorpresas habrá para dar y para vender, a pesar de que Quim Torra insista en protagonizar ruedas de prensa diciendo que nada ha cambiado. La cuota de poder territorial que ha conquistado ERC ha aumentado, mientras que la de JxCat ha menguado considerablemente. Tanto se así que se divisan deserciones y conflictos en las filas de los post convergentes.

En el espacio constitucionalista las cosas no son como eran hace un año: Cs ha perdido hegemonía opositora, los populares están en peligro de extinción y los socialistas flotan a remolque de la buena estrella de Pedro Sánchez. La sentencia del 'procés' no tardará en llegar y con ella las reacciones de todas las partes implicadas. Algunos de los dirigentes encarcelados pueden acabar inhabilitados por un cierto tiempo mientras que otros -como Artur Mas- podrían estar en condiciones de volver a primera línea e intentar la reconstrucción de la vieja nave convergente con otro barniz. A pesar de que a corto plazo algunos ayuntamientos y diputaciones puedan comenzar un nuevo periodo, a nadie se le escapa que Catalunya seguirá viviendo en un estadio de provisionalidad política, en una montaña rusa particular, hasta que no se celebren unas nuevas elecciones autonómicas. La sombra del 'procés' es alargada y tardaremos unos cuántos años en librarnos de ella.

¿Qué hacer? La pregunta que se tendrían que plantear los dirigentes políticos de nuestro país es si conviene seguir frecuentando el parque de atracciones y la montaña rusa repleta de ruido y despropósitos o bien ir en serio y acabar con la fiesta que nos tiene paralizados sin gestionar la cotidianidad. Quizás a estas alturas lo que hace falta es dilucidar, de una vez por todas, quién tiene que mandar en Catalunya y ejercer de interlocutor solvente en Madrid para pactar una salida del callejón sin salida ordenada y honrosa. Catalunya necesita estabilidad política y el mejor camino para conseguirla sería que, lo antes posible, se convocaran elecciones autonómicas.

Conviene cerrar el ciclo electoral y desatascar un contencioso que ya hace demasiado tiempo que dura. Si Carles Puigdemont y su vicario Quim Torra optan por alargar la situación actual estarán haciendo un mal servicio al país y a sus ciudadanos. Las agonías mal gestionadas preludian finales tristes y peligrosos. Las relaciones entre los socios del Gobierno no son plácidas; el presupuesto de la Generalitat ni está ni se le espera; la gestión gubernamental es inexistente o bien mala; el ciudadano está fatigado y saturado de tanta retórica patriótica sin obras. Hace falta que la gente de Palau asuma que la legislatura está herida de muerte. El triunfo de ERC certifica que ya nada es como era el mes de diciembre de 2017 mientras, en España, se dispone a mandar gente que presume de dialogante. Todo es nuevo y todo se mueve. Hay que tocar de pies en el suelo y bajar de la montaña rusa.