No es mi intención hablarles hoy de la facultad de determinados personajes mitológicos capaces de cambiar de aspecto, o de forma, según les convenía. En la historia de las mitologías de muchos pueblos podemos encontrar a menudo seres que se transforman temporalmente y que, poco tiempo después, cuando han conseguido cumplir su destino, recuperan su forma primitiva. Otros, en cambio, dejan de ser definitivamente lo que eran sin poder volver a los orígenes. En la literatura clásica tanto Ovidio, como Apuleo, nos hablan del fenómeno de una forma divertida y didáctica. Pero la metamorfosis que pretendo 'psicoanalizar' en este artículo no es la que tiene lugar en el reino animal, ni la que recogen las fábulas de Ovidio. La transformación, la mutación, de la que les quiero hablar, es la que vive -o sufre- un partido político que lleva por nombre Ciudadanos.

No pienso rememorar cuales fueron las razones que impulsaron a un numeroso grupo de personas -algunos de ellos intelectuales vinculados a universidades y a sectores profesionales- a la creación de Ciudadanos. Personalidades como Felix de Azúa, Francesc De Carreras, Arcadi Espada, Félix Ovejero, Carlos Trias, entre otros, son sus fundadores. No hace falta. Sólo constatar que, desde su irrupción en el escenario catalán, sus propuestas políticas han ido ganando votos y, consecuentemente, espacios de representación institucional. En poco tiempo han conseguido acontecer primera fuerza en el Parlament y expandirse por toda España. Visto en perspectiva, hasta hoy, Ciudadanos ha sido un proyecto de éxito. Cierto, pero -en política todo tiene uo pero- empiezan a aflorar incongruencias que provocan grietas. En Ciudadanos una metamorfosis está en marcha; Albert Rivera ha conducido el partido a una improvisada transformación de la que nadie se atreve a decir qué saldrá.

Vayamos por partes. Cuesta entender como, desde la moción de censura que echó del gobierno a Rajoy, Rivera y sus fieles han podido cometer tantos errores estratégicos poniendo en cuestión la credibilidad de su partido. Después de la sentencia del caso Gurtel el empeño de Rivera por convocar elecciones lo retrató como un político más preocupado por sus ambiciones personales que no por el interés general. Los tira y afloja alrededor de la votación de censura también pusieron en entredicho su supuesto discurso regeneracionista y anticorrupción.

Recordemos que a Ciudadanos siempre le había gustado aparecer públicamente como un partido abierto, moderno, radicalmente democrático y defensor de las libertades individuales. A pesar de este barniz progresista, en cuanto a la moral y las costumbres, todo el mundo sabe que sus propuestas económicas son más homologables con las de la derecha que con las socialdemócratas. Pero esta pretedida imagen de centro acontece una ilusión óptica en el momento en que intenta destruir la credibilidad constitucionalista de Pedro Sánchez denunciando que tiene un pacto secreto con los independentistas.

La virulencia del discurso del líder de Ciutadans, la conversión de Inés Arrimadas en un tipo de 'Pasionaria' liberal, la competencia feroz con PP y VOX, o el veto a determinados pactos post-electorales, han desnaturalizado la que podía ser la esencia de un partido centrista. La homologación de Cs con algunos liberales europeos cruje, Macron se lo piensa... Adiós partido bisagra, adiós posible comodín para garantizar un óptimo funcionamiento parlamentario en tiempo de fragmentación. La metamorfosis de Cs es severa. Rivera se enrabió tanto que no le importó quemar la singularidad de Manuel Valls en la plaza de Colón. Y, para colmo de estos graves errores tácticos y estratégicos, sólo le faltaba meter mano en las primarias de Castilla y Lléo, favorecer el transfuguismo o fichar candidatos de dudosa procedencia.

El intento de ridiculizar a Casado también se ha girado en su contra como un bumerán... Más allá del tiempo electoral en el que estamos, nadie entiende como Rivera ha podido derrochar lo que Ciudadanos, políticamente, había atesorado a lo largo de los años. Este hombre, por ambición personal, ha echado a pique la consolidación de un potente partido de centro en España; obnubilado por las encuestas, ha propiciado un giro a la derecha de Cs y, con él, una nefasta metamorfosis política. Un centrista de la vieja escuela, Fernando Ónega, escribía hace poco en La Vanguardia: "Si le iba tan bien siendo el referente del centro, ¿por qué cambiar?" Sólo él lo sabe.