El 78,98% de las alcaldías son independentistas: 370 para JxCat, 359 para ERC y 19 para la CUP. El PSC se ha quedado con 89, los Comunes con 12, el PP con la de Pontons y Cs se queda sin ninguna. Las grandes cifras nos dibujan un mapa de poder local que ha legitimado la apuesta soberanista de los grandes partidos JxCat y ERC, también haciendo bueno aquello de que la Catalunya interior tiene grandes diferencias socioeconómicas con la metropolitana.

No obstante, la política municipal es mucho más compleja y necesita análisis más profundos. Explica el letrado Joan Ridao: "El complejo sistema local de Catalunya, con un apretado entramado de cerca de un millar de instituciones públicas, ha contribuido tradicionalmente a la formación de diferentes pactos y acuerdos de coalición como los que se fueron sucediendo en el Ayuntamiento de Barcelona desde 1979".

Guste o no, nuestro sistema político está abocado a la formación de coaliciones. El mito de las mayorías absolutas queda sólo para casos excepcionales. Entre otros aspectos porque la sociedad red, que también es una sociedad líquida, ha hecho que la decisión por parte del votante sea más volátil e incierta. Por lo tanto, se hace mucho más difícil construir proyectos políticos y argumentarios que tengan recorrido a largo plazo. Algunos estrategas pensaban que las fracturas que han definido el voto en las campañas electorales europeas, a las Cortes y autonómicas –donde el eje nacional ha tenido, claramente, más influencia que el ideológico–, y consecuentemente la política de pactos posterior, también serían básicas para entender la configuración del poder local. Pero, no ha sido así, aunque cuantitativamente los resultados digan lo contrario.

A nivel municipal, el país está repleto de casuísticas particulares que han llevado a ERC s priorizar pactos progresistas con el PSC, la CUP o el espacio de los Comunes, a JxCat a asegurarse la gobernabilidad gracias a los socialistas (y viceversa) y, claro está, a Ada Colau a aceptar los votos prestados de Manuel Valls en Barcelona aunque representen modelos de ciudad antagónicos. La primera conclusión que habría que sacar de todo esto, por tanto, es la necesidad de separar del debate nacional la política de coaliciones municipal. Si bien la construcción de horizontes nacionales de plenitud también interpela a los ayuntamientos, hay una cosa más importante que marca el día a día: la gestión del bienestar más inmediato de los ciudadanos, transformado en políticas sociales, urbanísticas o de regulación del turismo.

La segunda lección nos lleva a valorar el rol de las alcaldías. Por un lado, si no hay mayorías alternativas claras, los alcaldes tienen cuatro años para tejer un relato sólido para su acción de gobierno y taparse las vergüenzas. El plazo fijo de los mandatos favorece la estabilidad de los gobiernos locales a diferencia de lo que pasa en la Generalitat, obligada a vivir permanentemente bajo el foco mediático, a planificar políticas globales de país y con un presidente que tiene la competencia de disolver el Parlamento cuando le plazca.

Por otro lado, a nivel municipal el alcalde asume un papel de liderazgo incontestable dentro del ejecutivo, hecho que cualquier acuerdo que suponga para una cabeza de lista estar en segundo plano (dentro del gobierno o a la oposición) no ayuda a reforzarlo de cara a unas futuras elecciones. Esta es una de las justificaciones del porque Colau prefiere un acuerdo con el PSC que le dé la alcaldía, con el apoyo molesto de Valls, y no ser la comparsa de ERC en una coalición capitaneada por Ernest Maragall. Más todavía: a pesar de que para la alcaldesa los votos de Valls no serán nunca gratuitos, el liderazgo del ejecutivo de la capital le permitirá tejer un relato de continuidad evidente con los cuatro años anteriores; un relato que, ni que hubiera habido pacto tripartito de izquierdas como quería, sería fácil de sostener por el liderazgo que Maragall tendría del discurso político que saldría del Ayuntamiento.

Ernest Maragall perdió la alcaldía el mismo día de las elecciones: el discurso de la victoria lo entronizó como alcalde antes de analizar fríamente los posibles pactos que podrían haber. Es gato viejo, pero la ilusión por ocupar el espacio político que su hermano Pasqual le bloqueó en más de una ocasión –porque lo necesitaba como aparejador y escudero– lo traicionó. Para el sobiranismo, perder Barcelona –y sobre todo la potencia de su marca– es una derrota. Pero, también tendría que servir para poner sobre la mesa la necesaria gestión de la complejidad de la política del Principado.