Yo no llego, ni pretendo hacerlo, a la suela del zapato del poeta y escritor Joan Maragall, el ilustre abuelo del ex alcalde de Barcelona y ex presidente de la Generalitat (2003-6), Pasqual Maragall. Pero como él, creo que ha llegado el momento de pedir públicamente perdón. Perdón por todo el daño que hemos infligido, que nos hemos infligido y que hemos recibido desde el inicio del proceso independentista.

Joan Maragall escribió el emotivo artículo La Ciudad del perdón -una de las cumbres del periodismo cívico catalán- en 1909, en vigilias del fusilamiento del pedagogo anarquista y librepensador Francesc Ferrer i Guàrdia. Este artículo no sirvió de nada, puesto que Francesc Ferrer i Guàrdia, acusado de ser uno de los “autores intelectuales” de la Semana Trágica, fue condenado a muerte y ejecutado en el foso de Santa Amalia del castillo de Montjuïc.

En la Cataluña del siglo XXI también hemos tenido nuestra Semana Trágica: la de la discusión y aprobación en el Parlament, los días 6 y 7 de septiembre del año 2017, de las leyes del referéndum de independencia y de transitoriedad jurídica, bautizadas como las “leyes de la desconexión”.

Como era de prever, el referéndum del 1-O mereció una respuesta contundente de las instituciones del Estado, que prohibió su celebración y la implementación de sus supuestos resultados. La Policía Nacional, la Guardia Civil, el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional y el Senado fueron movilizados para hacer respetar la Constitución y aplicar el artículo 155 a la Generalitat.

Cuando está a punto de empezar el juicio contra los nueve líderes independentistas acusados de ser los promotores del proyecto de secesión, yo, en voz alta, y como Joan Maragall, también pido que el Tribunal Supremo sea responsable y no se ensañe contra ellos. De entrada, porque los inductores y actores de la Semana Trágica del 2017 son muchos más, algunos de los cuales disimulan ahora como cobardes para no tener que pasar por este trance ni poner en peligro su confort personal y familiar.

Yo, como Clara Ponsatí, considero que todo lo que ocurrió fue “un farol” y que la proclamación efectiva de la república catalana nunca pasó por la cabeza de los que ahora serán juzgados. Ni siquiera por la del principal responsable formal, el ex presidente Carles Puigdemont, residente en Waterloo.

Pero no solo hay que pedir benevolencia al Tribunal Supremo. Los catalanes, seamos independentistas o no independentistas, tenemos que pedirnos mutuamente perdón por todos los excesos y abrir una etapa de reconciliación. Parafraseando a Joan Maragall: “¡Perdón para los independentistas juzgados en Madrid! ¡Caridad para todos! Y bella cosa sería que empezaran los más ofendidos”.