Que la cosa iba de poder y no sólo de independencia era presumible y, como ocurre con el fregadero de Fuster, paulatinamente la hipótesis se ha llenado de realidad. El espectáculo parlamentario del lunes, con una imagen que vale más que mil palabras -Esquerra, impasible, sentada en el escaño, mientras los 'juntistas’ aplauden a rabiar el discurso del presidente Quim Torra-, es la gota que colma el fregadero.

Dos días después, el miércoles, desde la Galería Gótica del Palau de la Generalitat (la de los grandes anuncios), el presidente compareció para decir que, una vez aprobados los presupuestos, convocará elecciones en la fecha más oportuna. Se olvidó de añadir que dentro de un par de meses, aproximadamente, puede haber una sentencia en firme que lo inhabilite. Lo hace tras constatar que la legislatura "no tiene más recorrido político" y carga el mochuelo del desastre al presidente del Parlamento, Roger Torrent y a Esquerra, por haber permitido que un órgano "incompetente" -en referencia a la Junta Electoral Central- le haya quitado el acta de diputado y haya dejado la presidencia catalana "a la intemperie".

Al final, pues, el tacticismo, el dos más dos son cuatro, se ha impuesto al sentimentalismo. Quien ha quedado a la intemperie es, probablemente, el independentismo. Ya hacía días que en los pasillos de Palau se podían escuchar tambores electorales, y todo hacía presagiar que el matrimonio de conveniencia, formado por JxCat y ERC, saltaría por los aires.

Por un lado tenemos la postconvergencia, que se hizo independentista cuando el presidente Artur Mas se dio cuenta de que este era el único salvavidas del que disponía para tratar de alejarse del 3%, y usó el ejército de influencers a sueldo del pujolismo para darle la vuelta al calcetín del discurso y conducir los republicanos al callejón sin salida de Junts pel Sí. Por otro lado tenemos Esquerra, cansada de ganar las encuestas y perder las elecciones, anhelosa de desembarazarse del socio diestro, rémora embarrada por la corrupción. El 'juncarismo’ entiende que ha llegado el momento de salir del nido y optar sin hipotecas ajenas a la presidencia de la Generalitat.

Mientras tanto, el independentismo de base, aquel que legítimamente anhela la independencia, se le pone esa cara que hacen las vacas cuando ven pasar el tren. Ahora, el desconcierto se hace mayúsculo y entramos en campaña, una campaña que se intuye larga y agónica, en la que los socios del independentismo se podrán reprochar todos los agravios que encuentren oportunos. Sea como sea, visto el panorama de inacción que padecemos, lo mejor que nos podía pasar es que se convocaran elecciones (previa aprobación presupuestaria); sin embargo, sospecho que se nos hará largo el viaje.