Caminábamos todos con el culito tan apretado esta pasada semana, aguantando la respiración pensando que si no hacíamos demasiado ruido se produciría el milagro, que no hemos hecho mucho caso de su adiós en diferido. Estábamos todos tan concentrados esperando que el Supremo agitase después de 15 horas interminables su varita mágica a favor de los hipotecados y no de la banca, que ni siquiera hemos oído el sonido que ha hecho su cadáver político al caer desde tan alto. Aún seguimos parados en algún tramo de este oscuro y largo túnel que viene del franquismo y no sabemos dónde acaba, pero yo que soy una pesimista optimista quiero pensar que sin la Cospedal el mundo es un poco mejor. Y ya va siendo hora que la otra Lola, la Montserrat, se vaya preparando porque sin su madrina no llegará muy lejos.

La caída de la generalísima Cospedal por unas indiscretas grabaciones donde ella y su marido encargan espiar a compañeros de partido y hermanos de adversarios políticos, y explicitan el conocimiento que Rajoy tenía de toda la intriga ha provocado en la actual dirección popular un intenso escalofrío de placer. Sus admiradores –pocos, naturalmente- decían que la Cospedal era una hábil equilibrista, maquiavélica, trabajadora y muy espabilada. Por eso había sobrevivido hasta ahora a todas las purgas populares y, a diferencia de la SSS, había conseguido hacerse con un hueco en la nueva dirección que encabeza un pasmarote. Ahora, una vez depositada en la papelera de la historia, aseguran que le ha perdido el amor ciego por su marido, el verdadero conspirador.

Vale la pena resumir el currículum político de Ignacio López del Hierro, con quien la generalísima está casada de segundas. El presunto culpable de haber llevado a la legítima heredera de Rajoy al lado oscuro de la fuerza es primo del inolvidable Álvarez del Manzano, fue gobernador civil de Sevilla y de Toledo en tiempos de la UCD y después se dedicó a los negocios, donde ha hecho una oscura fortuna. Sus contactos lo protegieron hasta el punto de figurar en todas las salsas de los casos de corrupción más escandalosos y, sin embargo, salir airoso de todos. Hacía y deshacía como quería en la sede popular y los pocos que se atrevían a hablar abiertamente del maridísimo escupían sapos y culebras por la boca.

Sin despreciar sus habilidades de brujo –en eso me recuerda mucho a Marta Ferrusola-, quiero destacar que la Cospe ya había hecho mucho daño antes de caer en brazos del empresario sevillano. Antes de ser ministra de Defensa y número dos de la dirección popular fue presidenta de Castilla La Mancha. Al mando del gobierno regional acabó de un plumazo con el incipiente estado del bienestar que habían puesto en marcha precariamente sus predecesores en el cargo. Los recortes sociales fueron tan brutales que mis dos primos, afectados por una extraña enfermedad que los condena a una parálisis total, vieron cómo les retiraban las ridículas ayudas públicas para las curas. Si todavía respiran es por la devoción con la que los cuida mi tía, que no hace más que rezar para no morirse antes que ellos.

Sólo los manchegos que la han sufrido conocen la crueldad que se esconde detrás de su aspecto de maestra de la Sección Femenina. No la podía disimular la Cospe ni cuando desfilaba por Toledo camino de la catedral, vestida con peineta y mantilla negras. Ante la estupefacción general de unos y la aclamación entusiasta de otros, la presidenta bendecida por los dioses sonreía a sus súbditos y, como devota católica que es, confesaba todos sus pecados y recibía la absolución para continuar haciendo estragos entre los más pobres. Era tan intocable que ni el escándalo de su chalet que no declaraba a orillas del río Tajo, en una de las zonas residenciales más exclusivas de la capital manchega, la hizo temblar.

Por eso, cuando esta pasada semana todo el mundo se tiraba de los pelos por la decisión del Supremo, yo sonreía. Porque no he creído nunca en la separación de poderes ni en la justicia justa. Y porque no se me ocurre mejor final para una carrera política que ver a la generalísima humillada dimitiendo de todos sus cargos mientras el mentecato encargado de estrellar la nave popular se comía una hamburguesa en Sevilla. Es lo que tiene el karma. Quien siembra tormentas, recoge tempestades.