Que Pablo Iglesias se saltase la cuarentena era un comportamiento típico del que exige a los demás y luego va por libre. No le di más vueltas, distraído ante la penosa carnicería entre políticos, despiece, jaleada por una ciudadanía que, tras perder su inicial sentido unitario, había caído de nuevo en la trampa de las ideologías. No obstante, esa podía ser también una maniobra de distracción que escondería algo de mayor envergadura que se intentaría por lo menos disimular y que explicaría por qué Pablo Iglesias no estaba dispuesto a perderse ni una sola reunión decisoria.

En efecto, la pandemia constituiría una oportunidad que el nuevo Gobierno no podía desaprovechar, pues no cada día se declara un estado de alarma, que da la libertad a los que mandan de funcionar con decretazos diarios sin dar cuentas a nadie. El caso es que el vicepresidente, cual correcaminos, estaba en todas partes, haciéndose imprescindible en todo escenario gubernamental que se pusiera a su alcance.

Deduje que, como yo, habría leído el artículo de Carolin Emcke La pandemia es una tentación autoritaria que invita a la represión. El caso es que, a partir de ahí, su mano estaba en, prácticamente, toda la política que el gobierno llevaba a cabo; desde el pacto con Bildu, hasta su propia auto-proyección atribuyendo a un tercero el deseo de un golpe de Estado, pasando por intentar que el Ingreso Mínimo Vital pareciera cosa suya, enviando a sus cachorros a las maltratadas residencias a difundir “su logro”.

En este pandemónium de actividad, me llama mucho la atención su  obsesión con Cataluña, en cuanto a terminar definitivamente con Diego Pérez de los Cobos, proponer una amnistía para los políticos presos, sugerir un diálogo con Carles Puigdemont, animar con “sus comunes” (Ada Colau) una execrable acusación contra Manuel Valls -contando nada menos que con apoyo oficial del PSC y las habituales palmas de Iceta- o consiguiendo  que el Gobierno, cosa inédita, llegase a un acuerdo flash con el Govern de Quim Torra para mantener el confinamiento “un poco más”. Es también curiosa, la postura de perfil de Pablo Iglesias ante los constantes palos a las ruedas puestos por el Govern al que ahora es su Gobierno.

Que un colectivo de extrema izquierda apoyase un nacionalismo tan rancio, innoble y de derechas como el que nos ha tocado vivir en Cataluña era “anti-natura”. En Cataluña, o había dos izquierdas o la catalana no tenía nada que ver con la del resto del país. El caso es que el vicepresidente nunca se quejó de los desvaríos separatistas, como el pensamiento único, la exaltación del supremacismo étnico, la exclusión del otro, la imposición lingüística, el odio fanático a un enemigo imaginario, el adoctrinamiento juvenil, el recurso a la violencia, la voladura de puentes y la cruel quiebra de la convivencia sufrida. Excepto en la vena totalitaria, resultaba paradójico que un partido que defiende la justicia y la igualdad corriera un tupido velo ante tal muestra de maldad.

Esta actitud nunca me pareció coherente, hasta hoy, cuando tras observar sus idas y venidas ¡he visto la luz! En sus objetivos, los políticos, en general, son amorales y harán lo que sea para no desviarse de su trayecto. Lo hemos visto hasta la saciedad, el ciudadano es lo de menos. Así que de pronto comprendí que esta posición antinatural de una izquierda abrazando un nacionalismo de derechas se mantenía porque tenía una finalidad oculta pero cristalina.

Para Pablo Iglesias, las locas propuestas del separatismo catalán eran absurdas. Todas, menos una: la República, que sería tercera aquí y allí. Así que, por fin, lo tuve claro: el interés por Cataluña era exclusivamente éste.

La puerta entreabierta de la República catalana “fallida” en 2017, impulsada por unos separatistas que nunca tuvieron ni idea de qué era “eso de la República”, menos para Pablo Iglesias, que siempre lo supo. Así que ésta era su otra oportunidad, jugada diabólica, puesta en bandeja de plata. La República libre asociada de Cataluña sería el disparador de la culminación de su proyecto, un pastel extensible a España, tras poner al rey en la frontera. No sé si les he descubierto algo nuevo, pero juraría que Nicolás Maduro está al tanto y a la espera. Ahí lo dejo.