Mientras Torra corta calabazas gigantes ante el aplauso entusiasta de los cortesanos, en el mundo real pasan cosas. Pasa que el personal de atención primaria ha hecho huelga porque ya no puede más. Y pasa que cuatro presos políticos presos se han declarado en huelga de hambre a las puertas de Navidad. A diferencia de la segunda protesta, que ha generado controversia en la galaxia independentista, la primera ha contado con un gran apoyo entre la ciudadanía y con razón. La última vez que fui al médico de familia me tuve que esperar una hora y media. Y no solo era el overbooking de pacientes que se esperaban de pie porque no había sillas. Era el ascensor y el lavabo estropeados, la calefacción que no se podía apagar a pesar del calor y el personal atendiendo con ventiladores que se habían traído de casa.

Por una vez, la mayoría de los medios de comunicación ha estado a la altura de las circunstancias y ha contribuido a ampliar la simpatía ciudadana hacia la protesta del colectivo sanitario. Excepto la vergonzosa propaganda gubernamental de TeleTeresinas, el resto no ha parado de publicar informes sobre la precariedad de recursos y personal. Ya no es solo que los brutales recortes en sanidad aplicados por el gobierno de los peores del rey Arturo nos haya condenado a tener unos servicios de salud públicos de república bananera. Es también, y sobre todo, que mientras el cínico consejero Ruiz desmantelaba la sanidad y nos recomendaba que fuéramos a la privada, la nómina de los altos cargos no dejaba de crecer igual que la contratación de mutuas. Y la cantinela que la culpa de todo la tiene Madrid ya hace días que cansa.

Como sé lo que cuesta tener buena salud, la decisión de hacer huelga de hambre me resulta incomprensible por el riesgo personal y la sobrecarga de sufrimiento que supone para sus familias. Más allá de la fanfarronada y de buscar a la desesperada la atención que el planeta niega a la causa catalana, las consecuencias de una decisión tan extrema como ésta son imprevisibles. Ya se ha encargado de explicarlas con todo lujo de detalles el médico que les asesora personalmente y que, curiosamente, también es el presidente del Colegio de Médicos de Cataluña. Jaume Padrós, diputado convergente entre 1989 y 1995, se declaraba cuando accedió al cargo hace cuatro años “independiente de intereses de partido, ideológicos, económicos y financieros”. La hemeroteca la carga el diablo.

Dice Padrós en una entrevista en Vilaweb que renunciar a la ingesta de alimentos provoca cansancio, alteraciones del comportamiento, insomnio, pérdida de masa muscular y graves afectaciones en los órganos vitales, pero que sus cuatro amigos son plenamente conscientes de la decisión y la han tomado libremente. No tengo ninguna duda de que cada día recibiremos puntualmente el parte médico de los huelguistas, que ya han sido comparados con Gandhi. La repercusión mediática del ayuno voluntario no se ha hecho esperar, igual que la página web que se ha creado expresamente y que ha recibido el apoyo de más de 160.000 personas en un día. Supongo que la solidaridad llevará a estos patriotas a cancelar todas las comidas navideñas porque el apoyo se ha de demostrar con hechos.

Los republicanos, que últimamente gastan más sentido común que arrebatos, no se sumarán a la dieta depurativa impulsada por los convergentes tuneados. Debe haber pensado el dedo de Lledoners que bastante hambre se pasa con el rancho que sirven en la prisión, como para encima negar al cuerpo el pan y la sal. Como es habitual, los insultos de los herederos del pujolismo por la nueva traición no han tardado en llegar e incluso ha recibido lo suyo Anna Simó por opinar que la lucha contra el Tribunal Constitucional se ha de hacer desde la fuerza, la política y la vital. Las huelgas de hambre son como las huelgas indefinidas: el último recurso. Después de esto, solo queda rendirse o rociarse de gasolina y prenderse fuego. Y el pueblo de Cataluña no necesita mártires, necesita políticos responsables.

No hay nada más terrible que pasar hambre y nada más absurdo que negarse a comer.