En una de las escenas culminantes de la película de Arthur Penn Little Big Man (Pequeño gran hombre), Old Lodge Skins (Pieles Ancestrales), jefe de una de las tribus indias que hizo frente al general Custer y a sus músicas y caballerías, antes de retirarse a las montañas para esperar la muerte, confiesa a su amigo blanco Jack Crabb (interpretado por un magnífico Dustin Hoffman) que un mundo sin seres humanos no vale la pena de ser vivido, de ser habitado. Naturalmente, para Pieles Ancestrales los seres humanos no eran otros que los miembros de su tribu, y no sé si los de alguna otra tribu amiga, con los cuales podía compartir recuerdos de prados y espíritus de los antepasados.

No puede haber tribu sin palabras comunes. Ir a morir a las montañas... Leo que, según algunas tradiciones africanas, los elefantes, cuando percibían que la muerte se les acercaba, iban en grupos a pasar sus últimos días a determinados lugares de la sabana africana, cerca de fuentes de agua. En estos lugares se han encontrado numerosos esqueletos de elefantes, que los hombres, durante la cruenta colonización de África, buscaron con afán, no para rendir homenaje a estos sabios elefantes que habían inventado, no se sabe si sin ser conscientes de ello, las primeras residencias de ancianos al aire libre, sino para repartirse sus colmillos de marfil. Muy listos algunos hombres, muy ecológicos.

De cementerios de elefantes se han calificado a menudo, seguramente con razón, determinadas instituciones políticas humanas: el Senado español y el Parlamento europeo, por ejemplo, a donde los partidos envían una parte de sus políticos, aquellos que consideran ya amortizados, o que ya no saben donde colocar. Aun así esta expresión también se ha empleado, con ánimo ofensivo, para definir determinados consejos de administración, patronatos, o incluso juntas directivas de todo tipos de asociaciones y de clubes deportivos (se ha dicho que el palco del Camp Nou o el del estadio Bernabéu son una muestra de ello).

Tal como están las cosas, no es ningún disparate pensar que el mundo, todo el mundo, se puede convertir en pocos años en un gran cementerio de elefantes, como quizás ya lo fue para nuestros ancestros los dinosaurios. Y que, a diferencia de los legendarios cementerios de los elefantes africanos, nosotros ya no tendremos sabanas que nos puedan acoger. A menos, claro está, que volvamos a hacer nuestra la sentencia socrática, confesemos nuestra ignorancia y renunciemos a dominar una naturaleza que nos está devolviendo, uno por uno, todos los golpes que ha recibido durante estos últimos siglos.

Quizás también tendremos que pensar en aislar, en algún cementerio de la sabana, a aquellos grupos humanos que continúen con la obsesión de aprovechar el tiempo para hacerse más (falsamente) ricos en todo tipos de bienes materiales, muchos de ellos tan prescindibles como una cacería de elefantes. Al resto de los humanos nos corresponderá defender que la verdadera riqueza, la única que realmente importa, está en hacernos más sabios, como quería Séneca, o en practicar las virtudes del rigor crítico, la moderación, la no prevaricación y la tolerancia, como predicaba el filósofo italiano Norberto Bobbio. Y también –y sobre todo- en hacer las paces con la naturaleza. Leo igualmente que entre los amerindios cherokees existía la creencia de que las enfermedades procedían de los animales, que de este modo se vengaban de los humanos que habían querido matarlos y masacrarlos.

Nada de nuevo bajo el solo: los cherokees ya intuían lo que pasaría unos cuántos siglos después, cuando centenares de miles de descendentes del general Custer y de otros ilustres guerreros hemos sido atacados por unos virus mortíferos de procedencia animal que amenazan con exterminarnos. Por lo que sabemos, los cherokees sobrevivieron a las enfermedades que les podían contagiar los animales, pero no al genocidio practicado por los colonizadores de las Américas. Muy pocos cherokees son los que pudieron resistir los ataques de los furibundos ocupantes de su territorio.

Son estos genocidios los que sobre todo se tienen que combatir siempre. Sin duda tenía razón Pieles Ancestrales: un mundo sin seres humanos no vale la pena que lo vivamos. No valdría la pena continuar nuestra aventura.