No perdamos el mundo de vista. Con 47 millones de habitantes, el Estado español tiene, aproximadamente, el 10% de la población de la Unión Europea; es la cuarta economía de la zona euro y la 12ª del planeta, por delante de países como Rusia, Australia o México. Un país de esta magnitud y potencia no puede estar sin gobierno ni sin presupuestos.

En los últimos cuatro años hemos tenido cuatro elecciones generales: 2015, 2016 y 2019 (abril y noviembre). Esta concatenación ha servido para castigar y depurar la corrupción del PP, que ha perdido la condición de primera fuerza política en beneficio del PSOE de Pedro Sánchez, que acaba de revalidar su victoria en las urnas.

El segundo fenómeno remarcable de este largo ciclo electoral ha sido la emergencia y consolidación de un partido populista de extrema derecha, en concordancia con lo que pasa en otros países europeos: Vox, que en los comicios del pasado 10-N ya ha llegado a ser la tercera fuerza parlamentaria.

Pero para mí, el hecho más destacable es la fortaleza democrática que demuestra la sociedad española. Cuatro elecciones en cuatro años es lógico que produzca irritación en la gente, que no entiende la incapacidad de los líderes políticos para llegar a acuerdos que permitan dotar al país de un gobierno estable.

Que, a pesar de todo, casi el 70% de la población en edad de votar haya acudido a las urnas este pasado domingo es un dato muy positivo que certifica el arraigo y la solidez de los valores constitucionales en el Estado español. Además, la inteligencia de los votantes es admirable: han penalizado a aquellos partidos que han puesto palos en las ruedas a la conformación de un gobierno. Ciudadanos es quien lo ha pagado más caro y queda abocado a la extinción. Pero también Unidas Podemos ha sufrido un voto de castigo por poner un precio demasiado alto al acuerdo con el PSOE.

Me sorprende, en especial, la “buena pasta” de los votantes socialistas. En unas condiciones políticas muy difíciles y contradictorias han vuelto a dar la confianza a Pedro Sánchez, que se ha erigido nuevamente en el candidato a la presidencia del gobierno. Ahora bien, el líder del PSOE tiene que ser muy consciente que esta es su última oportunidad. No hay quintas elecciones: esta vez tiene que afianzar, sí o sí, una mayoría parlamentaria. Y lo tiene que hacer de manera rápida y convincente.

El Estado español no puede continuar en esta impresentable agonía que se prolonga desde hace cuatro años. El independentismo catalán ya ha demostrado cuál es su fuerza y hay que relativizarlo. Después de la sentencia del Tribunal Supremo, los tres partidos secesionistas, sumados, consiguen el 42,5% de los votos en Cataluña. Esto es lo que hay.