Leía las alabanzas que un periodista de un medio procesista escribía de él y no me lo podía creer. Lo calificaba de educado, amable e ingenioso, y añadía que se le echaría de menos. Dudé si enmarcar su desconcertante panegírico en la categoría de plumíferos palmeros o en la de víctimas de un preocupante síndrome de Estocolmo. Al comprobar que no era el único que hablaba bien del azote de inmigrantes, ciclistas, okupas, feministas y pobres pensé que mi profesión no tiene remedio y que nos merecemos todo lo que nos pasa. Yo, ni que sea por llevar la contraria al rebaño, también escribiré de Alberto Fernández, que abandona el barco antes de que se hunda después de 27 años dando por saco como regidor. Su nuevo destino es una incógnita y no me extrañaría que acabara calentando la poltrona en Bruselas en nombre de la ultraderecha.

Fue el exalcalde Xavier Trias quién mejor le definió. “Siempre chuta antes de que le llegue la pelota”, explicó un día de este atolondrado en un tono paternalista. Porque si alguna cosa provechosa ha hecho el grupo municipal popular mientras lo comandaba el hermano del exministro del Opus que condecoraba a vírgenes y tiene un ángel de la guarda que se llama Marcelo, ha sido apoyar las políticas convergentes que tantas alegrías nos han dado a las barcelonesas. A diferencia de mis colegas de profesión, yo no he visto nunca bondad en el hijo deslenguado del franquista Fernández Ortega. Ya apuntaba malas maneras como diputado en el Parlament –recuerdo cómo la compañera que hacía información del PP volvía muchos días llorando por el maltrato sufrido- y con el paso del tiempo su lengua viperina se ha vuelto más venenosa.

Creo que si algún adjetivo acompaña a este personaje es el de astuto. A pesar de los cambios de liderazgo en el PP catalán, Barcelona ha sido feudo de Albertito porque siempre ha tenido a punto la afilada hacha de cortar cabezas. Sus discursos abiertamente xenófobos, vinculando inmigración con inseguridad, han sido una constante y no deja de ser un acto de justicia poética que las encuestas electorales vaticinen que su partido no superará la prueba del algodón municipal. El inesperado aterrizaje del Ciudadano Valls ha noqueado a los populares barceloneses hasta el punto de hacer huir a su presidente. Sonaban como sustitutas Dolores y Andrea, pero son listas y han dicho que no. Al final, el alcaldable será Josep Bou, un títere independiente que no le hará ascos a un pacto con el martillo de herejes francés.

Fue anunciar que dejaría de ser concejal del consistorio barcelonés y todo el mundo se afanó a hacer una recopilación de sus momentos estelares. Sorprende el nivel de autocensura periodística, ya que la mayoría de las referencias publicadas han tenido que ver con su verborrea y sus hilarantes performances. Él rebautizó Barcelona como Bachelona y sacó de sus casillas al alcalde Clos porque no se callaba nunca en los plenos. La última actuación ridícula antes del adiós definitivo ha sido calificar a la hAda Colau de Grinch –el muñeco verde que roba la Navidad- porque si alguna cosa saca de quicio al católico Fernández son los pesebres laicos de la plaza Sant Jaume.

Lejos del inexplicable blanqueo que los medios han hecho de la controvertida figura de Fernández, si el dirigente popular destaca por algo es por su intransigencia y ganas de buscar pelea. Una de sus salidas de tono más lamentables fue el espectáculo que montó el febrero del 2016 durante la entrega de los Premios Ciudad de Barcelona. La culpable de la indignación del concejal fue la poetisa Dolors Miquel, que recitó su parodia feminista del Padrenuestro. Fue empezar a hablar de coños, aborto e hijos de puta, y salir corriendo el beato Alberto. Indignado, pidió la dimisión de todo Dios. Y si no reclamó quemar en la hoguera a la artista y a la alcaldesa por brujas fue porque la inquisición ya no existe.

La colección de momentos vergonzosos protagonizados por el provocador Fernández es larga. La guerra de las banderas en el balcón de Sant Jaume el día de la Mercè del 2015 y el boicot a la inauguración de la rebautizada plaza de la República en Nou Barris son solo algunos ejemplos. Así que, a diferencia de mis colegas desmemoriados, yo no lamento que se vaya. Al enemigo que huye, puente de plata.