La Unión Europea (UE) es como un juego de muñecas rusas (matrioshka). La Comisión y el Parlamento gestionan las competencias que les han sido transferidas por los 28 Estados miembros que forman parte y deciden y aplican, desde Bruselas, las estrategias políticas sobre las grandes cuestiones económicas y sociales que afectan al conjunto de la población de la UE. 

Después, en una cadena de subsidiariedad competencial perfectamente reglamentada, tenemos las muñecas -cada vez más pequeñas- de los Estados, las regiones, los departamentos (diputaciones, en el caso de España) y los municipios. 

El horizonte de la UE son los Estados Unidos de Europa, organizados con un esquema federal. Pero con una diferencia sustancial: mientras en América, los grandes Estados (Estados Unidos, México, Brasil...) ya se configuraron con una estructura federal desde su independencia, en el caso de Europa la federalización es una solución que nace de las cenizas de la II Guerra Mundial para sellar una paz duradera. 

Esta voluntad se formalizó hace solo 62 años, con los Tratados de Roma. El proceso de construcción de los Estados Unidos de Europa ha avanzado muchísimo desde entonces, pero la arquitectura institucional todavía está incompleta. El presidente francés y la canciller alemana ostentan un poder muy determinante, que condiciona, a menudo, el funcionamiento de la Comisión Europea. Además, el Parlamento no tiene la capacidad soberana para elegir al presidente del Gobierno comunitario. 

La armonización fiscal y salarial entre los 28 Estados miembros está todavía lejos de ser lograda, pero justo es decir que los partidos de izquierdas y las fuerzas sindicales trabajan, decididamente, con este objetivo. También las diferencias idiomáticas dificultan el sentimiento de pertenencia a la casa común europea y demoran su consolidación. 

Sirva toda esta digresión para enmarcar el sentido de las negociaciones que mantienen el PSOE y ERC para la investidura como jefe de Gobierno del líder socialista, Pedro Sánchez

1. La UE es contraria a la independencia de Cataluña, puesto que rompe el laborioso proceso de construcción europea. Por lo tanto, nunca favorecerá un referéndum de autodeterminación

2. La UE nunca aceptará un “régimen fiscal especial” en Cataluña como el del País Vasco 

3. La UE exige que España (y también Cataluña) apruebe los presupuestos para el 2020 

4. La Constitución española es federalizante, pero necesita una mejor precisión del reparto de las competencias y de la financiación. Este es el camino que hay que explorar para avanzar. 

La presidenta de todos 
Desde este pasado 1 de diciembre, la Unión Europea (UE) tiene una nueva presidenta. La alemana Ursula von der Leyen es la primera mujer que ocupa este cargo y encarna uno de los paradigmas de la nueva era de civilización en la cual entramos: el de la feminización del poder.

Tenemos el antecedente de la ex primera ministra Indira Gandhi, que ha ostentado en el pasado la responsabilidad política sobre más de 700 millones de indios. Pero Ursula von der Leyen ha asumido la dirección de la segunda potencia económica mundial (22% del PIB), gobernando a los 500 millones de habitantes que vivimos en la UE. 

En su primer discurso oficial, la nueva presidenta de la Comisión Europea -nuestra presidenta- ha fijado la prioridad programática de su gobierno en la transición energética y la lucha contra el cambio climático. El objetivo es que, en el horizonte del 2050, el Viejo Continente consiga ser “neutro” en las emisiones de CO2. De este modo, Europa -que, para bien y para mal, siempre ha sido un referente capital en la evolución de la humanidad- será nuevamente líder en la comunidad internacional. 

La UE pasa por graves dificultades estructurales. Una de ellas es la falta de gente joven que pueda garantizar la sostenibilidad de la pirámide demográfica sobre la cual se sustenta el Estado del bienestar. La llegada y la integración de nuevos flujos migratorios es imprescindible. Pero esta constatación choca con el auge de los particularismos identitarios y de los partidos populistas y xenófobos que, en los últimos años, han conseguido hacer mella en la opinión pública europea. 

Boris Johnson ha perdido 
El Reino Unido, considerado la cuna y el santuario de la democracia parlamentaria, tiene un sistema electoral que distorsiona y manipula la realidad política de la sociedad británica. Dividido en 650 circunscripciones, resulta elegido diputado en la Cámara de los Comunes el candidato ganador en cada una de ellas. 

Esto, de un lado, es bueno, porque liga indisolublemente cada parlamentario a la comunidad que lo ha escogido, a la cual tiene que rendir cuentas de su actuación. Pero, del otro, esta atomización dificulta que las grandes tendencias de voto puedan tener una justa representación proporcional en el Parlamento británico. 

Lo acabamos de constatar en las trascendentales elecciones del pasado día 12, donde el tema estelar era, obviamente, el Brexit. Todos los medios de comunicación han resaltado la gran victoria del candidato conservador, Boris Johnson, y, por lo tanto, la ejecución de la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea. 

La gran paradoja de estos comicios es que la suma de los votantes de los partidos contrarios a la aplicación del Brexit (laboristas, liberaldemócratas, ecologistas, nacionalistas escoceses...) es superior al 50% y que los partidarios de romper con el proyecto europeo, encabezados por Boris Johnson, se han quedado en el 47%. Si el líder del Partido Conservador tuviera un poco de cordura, sabría leer los resultados que han salido de las urnas y actuaría en consecuencia. 

Pero, desgraciadamente, tenemos una hornada de políticos -de la cual también forma parte Quim Torra- que solo acatan la voluntad democrática del pueblo si coincide con sus intereses partidistas. Y esto es una gran estafa.